Érase un mundo donde no reinaba la paz. Aunque era pronunciada por los religiosos. Por los hombres de buena fe. Los que inculcaban la guerra. La diabetes en los productos. Se pronunciaba en las coladeras. Donde nadie escuchaba su voz.

La paz era la leyenda. Todos querían verla. Contraerla en sus empresas para limpiar su nombre en las aguas sucias. O también deseaban la paz para no escuchar el reclamo de sus muertos. Los judíos quemados. Desmoronados. O las razas que no eran superhombres de ojos claros. Edades distintas    pero la misma época de la violencia.

Se convirtió en un mito. Ya no nacían los pájaros de papel. Ni los caracoles tornasolados. Solo una voz entumida diciendo que existe en realidad. Pero no sirve de nada. Solo para hacer poesía. Para soñar. Nada más.

Érase un mundo en que costaba ilusionarse: la caída del cuerpo en tierra prohibida.

 

***

Los judíos no quieren que la paz se convierta en un tratado. Es un fundamento. No se habla     se practica a la marcha. Como lo hace el universo. Con las estrellas y los planetoides. O las manchas del cielo cuando atraviesan las nubes hasta designarnos una estrella a cada una de los ángeles caídos. Los ángeles caídos se vierten en la memoria. En el recuerdo de los inventores. Los que intentaron frenar la bomba. La explosión en forma de hongo que pasarían décadas en décadas con la estela. El aire marchito. Hecho de ceniza. De sustancias. Menos de paz. Como dijeron los judíos. Si quieren la paz      pasen por nuestros cadáveres luego de haber muerto.

 

***

Nuestros fantasmas deseaban calzar los zapatos que ya no les quedaban; las camisas que ya no se abotonaban; los lentes que no dejaban ver el sol     la noche      o los sueños tornasolados de verde olivo y amarillo olvido. Porque ellos tampoco querían la paz. Nosotros solo queríamos cubrir nuestra desnudez. La paz es muy cara. Nadie puede tenerla tan fácil. Ni nuestros muertos pudieron pagar los siglos en deuda     ni nadie nos devolverá lo que nos deben.

Por eso ya no queremos paz.

 

***

En el mundo se declaraban la guerra mientras firmaban tratados de hermandad. Amenazaban tranquilamente. Por debajo del agua. Como un niño que le dice a su hermano que lo quiere y detrás tiene un cuchillo en mano     aunque se dieran la mano.

Entonces la paz ya no era un derecho. Ni una obligación. Ni el imaginario de las palomas. Tampoco las lágrimas de las vírgenes. Nada parecido con la blancura del espíritu. Era una fotografía en blanco y negro. Del siglo pasado. De milenios. Algo que a alguien se le ocurrió para tener un bocado con libertad. Con algo. Se le ocurrió porque sí. Porque necesitaba un antagonismo la guerra. Para distraerse con algo.

La guerra inventó la paz.

Es la verdad absoluta.

Estaba aburrida de ganar. De tener porra. Estar insatisfecha. Necesitaba realmente luchar por algo. Qué razón había de existir si no tenía un enemigo en el frente. Para balearlo. Escupirle mientras caían las banderas de los países esclavos. Burlarse y decir “tú no existes       paz       eres el sueño ingenuo de quienes esperan aún la hada de los dientes”.

 

***

Empezaron a caer los puentes donde se edificaron hospitales. Los puntos exactos del cielo se dispararon al vacío porque ya no soportaban la terquedad       el hambre por una piel más joven           la venganza por una cabeza        la histeria     el pasado        y el viejo porvenir.

Chisporrotean las aves.

El arcoíris se derrumba.

Se levantan los calvos incrustados en los baños de gas

Nacen las flechas.

Las escopetas para apuntar a los espectros.

Descansan las tazas de café en barcos de vapor.

Los papalotes corretean a los trenes sin paracaídas.

Dicen adiós al juego de ajedrez.

Acarician los pechos descuartizados.

También besan los niños en olvido.

Alimentan a los espantapájaros

desean devolver en los cementerios

para después

regresarle a los grillos

su melodía

porque antes de la guerra

fueron ángeles atrapados

por Neptuno

ellos debían llorar por las naciones.

 

 


Diana Ferreyra (Morelia, Michoacán, 1990). Licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas. Estudiante de la Maestría en Historia, de la UMSNH. Actualmente, el poemario Las guerras congelan los días ganó el Premio Nacional de Poesía Espantapájaros 2014.

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