Jonás siempre quiso ser un trapecista-clavadista. Aún antes de nacer.

Cuando se encontraba todavía en la panza de mamá, trepaba una de las paredes uterinas, se sostenía con fuerza colosal del cordón umbilical, y en una  cómica posición acuclillada, miraba toda la líquida inmensidad. Con sus pequeños deditos rosados, casi casi transparentes, tapaba sus minúsculas fosas nasales,  luego, con un ademán de tomar aire se dejaba caer… La sensación de flotar, de casi volar, de estar suspendido en medio de la nada y no caer al vacío lo llenaba de alegría.

Fuera de la panza de mamá la realidad era otra – uy cómo que ya quiere salir – decía su madre mientras mordía un pedazo de tela que antes fue una servilleta y ahora en minutos se había convertido en un freno paralizador o por lo menos minimizador de dolor.

Para Jonás su último clavado fue muy aturdidor. Meses antes, desde el descubrimiento de la deliciosa sensación que le producía saltar, lo había tomado como un hobby matutino. Y luego tardecino. Y luego nochecino. Pero una madrugada, más o menos a las 3:30 despertó decidido en hacer un super mega salto. Misma rutina, pero diferente emoción. Uno, dos, tres… Cayó al líquido vacío. Alegre, emocionado, había sido su mejor salto. De pronto algo raro sucedió. El nivel de su hermoso y cálido océano descendió… – Qué he hecho, lo he averiado – se dijo asustado. Entonces decidió quedarse quietecito, en la oscuridad de la nada.

La tranquilidad no duró mucho tiempo, el líquido ya casi se extinguía, se encontraba aterrado, aferrándose con todas sus fuerzas al cordón umbilical. El resto de esta historia le resultó un tanto confusa, así que con el pasar del tiempo prefirió olvidarla.

Lo que nunca olvidó fue la mágica sensación de ser un trapecista-clavadista. Pero esta profesión no era bien vista por su madre, la pobre sufría mucho. Una vez encontró a su pequeño bebé en el suelo junto a la cuna, otra «accidentalmente» cayó del sofá y en una ocasión el andador quedó patas arriba haciendo volar al pequeño Jonás por los aires. Ella se sentía una mala madre, nunca supo que era él mismo quien se aventaba, haciendo peripecias y ensayando eso que aprendió cuando era un pequeño garbancito.

En el jardín de infantes todos lo llamaban «Jonás el Increíble» y él, muy orgulloso, realizaba sus más osadas rutinas: salto libre del árbol de guabas, caminata a un solo pie por la baranda del pasamanos y el más peligroso de todos: el maravilloso brinco triple del pupitre al escritorio del maestro y luego al librero. Esperen, ustedes se preguntarán y que tiene de osado ese brinco? Pues que se lo realizaba con el profesor aún sentado frente al escritorio.

En ocasiones también tenía ayudantes y colaboradores humanoides y animaloides, aún cuando estos últimos lo hacían en contra de su voluntad. Fígaro, el gato del panadero, por ser un poco bizco y sufrir de astigmatismo, era su ayudante número uno. Cómo no veía venir al pequeño si no cuando ya era demasiado tarde, no le quedaba más resignación que prestarse a su disposiciones, el escapismo no era su fuerte

– No hagas sufrir a ese pobre animal- le retaba su madre. Pero el no creía que el gato sufriera, cómo podía sufrir, si era toda una estrella, si era una especie de héroe gatuno arriesgando una de sus tantas vidas para complacer al público y a decir verdad pienso que el gato sí lo disfrutaba.

Cuando Jonás creció, dejando atrás esas mejillas rechonchas y sonrojadas que tenía, y sus piernas se fueron alargando cómo patas de flamingo; sus brincos, saltos y maromas ya no eran del todo divertidas. Parecía una hoja de hierba luisa desgarbada. Perdió a su público. Entonces entró en una gran crisis, toda su vida desde su no vida había sido un trapecista-clavadista, no sabía hacer otra cosa. Su madre le alentaba a que haga trucos de magia, que lea cuentos, que fabrique helados de colores, que ayude a su vieja abuela a desempolvar su vieja casa. Pero nada, a Jonás ninguna de estas actividades lo motivaban.

Un día caluroso de verano, Jonás iba y venía sobando con un trapito en su mano, el aparador de la cocina de su abuela, sacando cuanto polvo se acumulaba en esas épocas; antes, había colocado en el congelador las agüitas de colores que se convertirían en helados y practicaba mentalmente el truco de las barajas que debía hacer frente a su abuela y al grupo de viejitas pasas de sus amigas, que venían cada miércoles a jugar telefunke. Todo lo hacía por darle gusto a su madre y a su abuela, pero no porque lo sintiera de verdad.

Aplausos, ovación, aclamaciones, vitoreos. Jonás hacía las respectivas venias, -esas viejitas realmente estan sordas- pensaba mientras intentaba tapar sus oídos para no escuchar el escándalo. Una vez terminado el show, bajaba del taburete de un indeciso salto y recordaba aquellos años en que la gente lo admiraba por sus peripecias y clavados. Entonces se entristeció. Caminó al rincón arrastrando un libro de historietas, se sentó en el piso y empezó a ojear. Mientras pasaba una a una las hojas, unas pequeñas y resbaladizas lágrimas amenazaban con caer por su alargado y blanquesino rostro,

Primero del uno ojo salió Rigoberta, temblorosa, cómo intentando aferrarse al lacrimal, pero al final cayó en picada. Arnulfa se demoró un tanto en seguirla desde el otro ojo, no sin antes arrastrar con ella a Zacarina, que no quería soltar las pestañas y que no tuvo más remedio que dejarse caer. Cuando las hermanitas Lentejas iban a hacer su aparición, un gigantesco puño de camisa las cortó en el acto. Al parecer las otras lágrimas que quedaban en sus ojos decidieron tomar un atajo y se dejaron resbalar por la nariz entre mocos y zollosos que fueron eliminados por la misma manga de camisa.

Qué le causaba tanto dolor a Jonás? Por qué luego de algunas risas fingidas frente a su vetusto público mientras adivinaba el número y el color de las barajas, se encontraba ahí, sentado, mojando con sus lágrimas las hojas de su libro de historietas? Lo que le aquejaba al pobre ex trapecista-clavadista, era que sus días de gloria se habían esfumado tan prontamente, sin siquiera aviso y que ahora para lo único que servía era para fabricar helados, desempolvar casas viejas, hacer tontos trucos de magia y leer desagradables libros…

Y entonces, mientras con desgano pasaba la última hoja del libro donde se encontraba dibujada por coincidencias de la vida, una trapecista-bailarina, algo sucedió, una visión, una sensación, una inexplicable emoción. Se incorporó y salió corriendo con el libro entre sus manos. Corrió con todas sus fuerzas, cruzó calles, callejones, callejas y callecitas hasta llegar a su casa. Entró y subió dando tumbos por las escaleras hasta llegar a su cuarto. Por un momento recordó las maromas que años antes hacía a diario en ese pasamanos y sonrió de medio lado.

Hizo una inspección visual profunda por toda su habitación, cómo detective que busca pistas, observó cada rincón, cada esquina, debajo de su cama, en el armario, sobre el velador, nada… Entonces un bombillo de luz clara y profunda se encendió en su mente, bajó las escaleras con pálpitos de corazón y llegó a la sala, se irguió frente al viejo sillón color acre herencia de su abuelo y ahí estaba, el morral del colegio, ese que encierra aburridos cuadernos de aritmética y geografía, biología y ciencias sociales y que además guardaba una caja, una cajita con un tesoro dentro, la caja de lápices de colores.

En el libro de historietas, junto a la última página impresa que contiene la imagen de la trapecista-bailarina, yace una hoja en blanco, tan limpia, tan llanita y Jonás emprende un oficio que no sabía si quiera que estuviera entre sus habilidades natas. Líneas por aquí, líneas por allá, un medio círculo, un círculo entero. Se esmeraba en hacer heptágonos y dodecaedros, pensaba – por fin sirve de algo lo que aprendí en geometría -. Y así sin más llenó toda la hoja de garabatos que poco a poco los fue pintando y dándoles mejores acabados. Al poco tiempo ta taaaan! He ahí, junto a la trapecista-bailarina, tomando firmemente su mano, un larguirucho saltimbanqui, con piernas de flamingo, con brazos de zancudo y una enorme y sincera sonrisa. Era él. Tomó el libro y lo colocó sobre el atril de partituras del piano de su madre y se alejó. No podía creer lo que veía, era lo más hermoso que había visto en esos días y era suyo, él lo había creado.

Fue en tal momento que inició una nueva vida de aventuras. De la biblioteca de su abuelo, cortó y robó cada última hoja en blanco de cada libro que existía, con hilo y aguja las fue hilvanando una junto a otra, hasta formar un pequeño libretín. Una vez que su cuadernillo estaba listo, empezó su viaje. Escribió y dibujó. Se sintió la persona más feliz del mundo. En las hojas transcribía lo que su mente esbozaba, y ahí estaba ella, y ahí estaba él. Las luces, el trapecio, la red, todo se encontraba ahí, si no en los dibujos, entonces en las palabras, todo en lo que había soñado, atrapado entre esas hojas.

Entonces, en cierta ocasión, Rigoberta, Arnulfa Zacarina y las hermanitas Lentejas se hicieron presentes, pero esta vez estaban decididas a saltar, ya no había manga que las detenga, reían, brincaban, y es que ellas eran lágrimas, pero lágrimas jubilosas. Jonás descubrió que aún era un trapecista-clavadista, que aún podía dar grandes espectáculos y lo mejor de todo ahora tenía muchas historias que contar.

Fin

 


Semblanza

Ana Mendoza

Ecuatoriana.

Mujer líquida.

De profesión titular: restauradora, museóloga, gestora y archivista.

De profesión frustrada: teatrera, trotamundos, mentalista, escritora y creativa.

Productos literarios: varios, ninguno publicado y mucho menos editado.

Blog: de anafobias, anafilias y otras manías.

Fin.

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La Marabunta

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