Por Manuel Aguilar

 

En el tercer tomo de En busca del Tiempo perdido: el mundo de los Guermantes, Marcel Proust señala una acepción que por su aplicabilidad y vigencia a cualquier contexto artístico pareciera una regla o axioma eterno a cumplirse: siempre que un conjunto de hombres se congregue en torno a una disciplina, podrá vislumbrarse en ese contexto atisbos de envidia, descrédito, celos, rabia, rivalidad y deshonra. Es decir, imágenes humanas de aquello a lo que hemos nombrado como la infamia y la miseria.

Y es que en esos dos conceptos puede resumirse gran parte de la historia y del comportamiento humano. Y es que ambos tienden a complementarse y a coexistir en todos los escenarios que enfrentamos en la vida, la esfera familiar, hasta la laboral, sentimental y artística. En ese sentido, se puede argumentar que tanto la miseria e infamia no son sólo motores del arte, sino además grandes catalizadores de toda renovación en cualquier campo de la sociedad.

Para explicar esto de forma más clara tendremos que detallar qué representa cada una de las palabras y el sentido que se le da, además de citar algunos ejemplos.

Para empezar, mencionaremos que la infamia representa la noción de lo establecido, aquello que se ha perfeccionado e institucionalizado con el tiempo al grado de que cada sentencia o juicio que emane de un actor que la ejerce es incuestionable. Así, la infamia es la culminación de un largo camino que ha sobrepasado todo ser hasta consolidarse como una autoridad, alguien que refleja el respeto, aunque esa característica no implica que por haberse transformado en una personalidad respetable él se comporte de la misma forma.

Respecto a ésta perspectiva podríamos retomar al autor señalado al inicio de este texto: Marcel Proust, quien escribió una de las más colosales obras de la literatura del siglo XX, y que a pesar de esa cualidad no logró ser publicado por nadie. Producto de ese hecho, no puede evitar pensarse ¿qué pasaría por la mente de André Gide, quien formaba parte de la Editorial Galimard, al rechazar el primer volumen de En Busca del Tiempo Perdido? ¿Qué sentirían sus entrañas y juicio al descubrir que le cerró la puerta a la novela francesa más importante de su siglo?

Lo cierto es que cuando Gide entró en razón de su error, no pudo negar que había fallado en aquel ideal bajo el cual fundó la Nouvelle Revue Française, que era el de abrir una ventana a nuevos autores desconocidos, donde pretendía enseñar la desconfianza en el éxito, la primacía del estilo literario y el total repudio a lo establecido. Frente a eso, Gide fracasó en su anhelo de convertirse en un padre generoso. La lectura arbitraria que realizó al manuscrito se convirtió en la más grande de sus deshonras al sobreestimar su juicio y su papel como autoridad. Inevitablemente, la infamia había terminado por presentarse.

Por otra parte, lo contrario de la infamia sería entonces la miseria, debido a que una es consecuencia de la otra. Sobre esto basta recordar que, la mayor parte de las veces, las decisiones derivadas de la infamia tienen resultados impredecibles, debido a que causan desgracia e infortunios en el alma de los hombres que reciben estos actos.

Para ejemplificar esto podemos citar la reflexión con la que Jorge Luis Borges inicia su libro Historia Universal de la Infamia, al expresar que cuando Fray Bartolomé de las Casas propuso al emperador Carlos V la importación de esclavos negros a las colonias de las Indias, no premeditó en ningún aspecto su decisión. Para el sacerdote, aquel hecho suponía un acto piadoso que disminuiría las cargas de trabajo y abusos que sufrían los indios americanos; era más valioso para la católica corona española el procurar a estos nuevos fieles que se habían convertido al cristianismo por encima de los nativos del continente africano, el cual estaba repleto de salvajes a quienes aún les era ambigua la noción de sociedad.

Bajo esta perspectiva Bartolomé nunca alcanzó a entender las consecuencias de la recomendación que hizo a su rey. No conoció que por medio de esa resolución surgirían distintas formas de expresión artística que se derivarían en el continente americano, todas producto de su determinación, tales como el blues, el jazz y la samba en la música, el capoeira como disciplina física, o la increíble poesía de Nicolás Guillén.

Así el producto final de aquel consejo fue una renovación y transformación social que nutrió en distintos aspectos a las nacientes sociedades americanas, que desde Estados Unidos hasta Brasil, se vieron transformadas por los ecos de la miseria que los esclavos tuvieron que soportar por décadas en un continente al cual no pertenecían y al que habían sido llevados despojados de su voluntad y libertad.

Asimismo, la miseria simboliza la imposibilidad de ejercer nuestros deseos en situaciones de desventaja, donde una decisión ajena y tomada por alguien de una autoridad mayor a la nuestra nos impide encontrar la satisfacción de nuestros anhelos. En un punto en el que si el alma del individuo no logra ceder ante esos impactos, y a pesar de la desgracia y el dolor, con el tiempo le serán revelados nuevos caminos para expresar su sentir, todos de carácter marginal, es decir, con cualidades, métodos, formas y estructuras que nunca antes habían sido vistos, con lo que finalmente se habrá abierto una nueva ventana de renovación por encima de la infamia y donde empezará a gestarse un nuevo momento del arte.

Los ejemplos sobre la renovación a través de la miseria son amplios en cualquier campo, sólo mencionar la sordera de Beethoven, producto de las golpizas que le propinó su padre, o la psicosis de Van Gogh, derivadas de la incomprensión de una sociedad a la que no comprendía pero no podía abandonar.

No obstante, si tuviéramos que referirnos a hechos literarios podríamos citar, en el contexto mexicano, a los Infrarrealistas del poeta Mario Santiago Papasquiaro y el escritor Roberto Bolaño, quienes en su ideal de edificar un nuevo movimiento poético cimentaron una noción que puede expresar completamente la fuerza emanada de los sinsabores de la miseria al encarar a lo establecido, que es: “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial.”

Por último, citaremos una tercera posibilidad más allá de las que se han mencionado, para la cual tendremos que retomar la dicotomía miseria e infamia, dos lados de una misma moneda.

Como ya se mencionó, el primer concepto señala a los nuevos e incomprendidos artistas, que en su afán de abrir paso a su vanguardia se enfrentan a los viejos creadores, quienes, por otra parte, son asociados con la voz de la razón y la experiencia. Así la juventud del arte simbolizaría la noción de lo intangible, de aquello que no ha sido y puede consolidarse, mientras los segundos harían el papel de lo realizado, lo que ha creado un espacio y ahora se le identifica como el status quo. De esta forma, al referirnos al artista joven hablaríamos de un ser con una voz autentica pero débil, la cual tiene que buscar su fortaleza y madurar en cierto grado (capacidad que detentan las vacas sagradas, quienes hacen el papel de sus contrarios debido ya al largo trayecto que han recorrido.)

Ante esto, una tercera posibilidad recaería en algún individuo que lograra representar ambas cualidades: la noción de una vanguardia legítima que desde sus inicios ostentara una fuerza colosal y bien formada. Un artista que ya en sus inicios posea una capacidad por encima de los viejos creadores y, dadas estas circunstancias, superara en todos los sentidos a los hombres caducos. Si lográramos ubicar el mejor ejemplo de este caso, escogeríamos con creces al de Artur Rimbaud, su poesía simbolista, y esa explosión que fue su libro de prosa Una Temporada en el Infierno.

Rimbaud ejemplificó como nunca la noción del Enfant Terrible, el joven creador que despreció a sus maestros y les hizo explícito el hecho de que eran obsoletos por medio de su insolencia y a través de su alquimia del verbo. Sin embargo, una hecatombe de ese grado nunca es asimilada y aceptada en cualquier momento histórico, y a pesar de que Rimbaud logró materializar por si solo a un artista que encarnara tanto la infamia como la miseria, la segunda triunfó durante el tiempo que estuvo vivo debido a que a los viejos poetas lo sepultaron y olvidaron hasta su muerte, y sólo el tiempo reivindicó su obra, mostrándola en una magnitud más compleja y terrible al demostrar el drama en que culminó la vida del niño simbolista, cimentando nuevamente ese eterno ciclo del arte, en el que independientemente del surgimiento de nuevas vanguardias, de los elementos de la creación o de cualquier nueva línea de estilo, aquel campo minado jamás logrará desprenderse de la deshonra y la desgracia. De lo eterno en el arte, que no es otra cosa que lo mísero e infame.

 

 


Manuel Aguilar nació en Texcoco, la obsoleta Atenas del Anáhuac, hace ya casi veinticuatro años. Estudio Relaciones Internacionales por miedo a cursar una carrera en letras y morir de hambre. Después de eso trabajo como burócrata insecto por dos años y ahora no sabe hacia dónde va su vida.

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