por F. R. Raven

 

Llevaba una hora juntando fuerzas para salir a cortar el césped del jardín. La tarea se le hacía cuesta arriba desde la muerte de Magda; después de las lluvias de la primavera, la hierba había crecido con vigorosidad y le llegaba a la altura de las pantorrillas, como una alfombra espesa e ingrata. También evitaba salir por el mismo motivo: la sensación del césped trepándole por el cuerpo le producía angustia. Pero tenía que hacerlo para guardar las formas, para que la apariencia del jardín no delatara su desgano. Si el hijo de Magda llegara a venir sin avisar y se encontrara la casa en ese estado, la estancia para ancianos sin compañía sería el eje de la conversación en las cenas una vez más. Y Anthony tenía poca paciencia cuando se trataba del hijo de Magda.

Se calzó con unas medias altas, como las que usan los tenistas, y unas pantuflas de plástico. Era verano y no usaba más que bermudas, uno cada semana. Ese día, sábado, traía el de color amarillo que estaba desteñido en la parte de atrás. Buscó la remera con la estampa verde de Green Peace y se dirigió al garaje. Antes de poner en función la cortadora de césped, se encontró con que la boquilla perdida de la aspiradora, que no había aparecido en todo un año, estaba junto a las trampas de ratón en una caja sin etiqueta. Era la boquilla que Magda le ponía al aparato para succionar las esquinas de los muebles y debajo de la pesada mesilla para la noche que tanto adoraba. Antes de que un aneurisma estallara en la parte frontal de su cerebro y acabara con su vida, había estado en plena búsqueda del pequeñísimo accesorio que había desaparecido de la trompa de la aspiradora. Anthony le insistía en que nunca había existido dicha boquilla, que la aspiradora era de las que traían un filtro adaptado en la manguera y que lo había leído en las instrucciones. Según la mujer, el filtro era una pieza diferente que servía para tamizar el polvo. Y allí estaba la boquilla, en la caja donde se acumulaban los trastos. Magda siempre tenía razón.

Regresó la boquilla y estuvo unos minutos maniobrando hasta que encajara en la extensión. Encendió el aparato para comprobar que funcionara correctamente. Aspiró la alfombra de ingreso, la rendija inferior de la puerta, y entre las tablas del linóleo. La casa estaba sucia. Después guardó la aspiradora en el placar y fue al teléfono. Marcó el número de Silvia y esperó al tono de llamada. Del otro lado descolgaron el auricular.

—Hola Anthony —saludó Silvia.

—No me acostumbro al identificador de llamadas, mujer. Te lo he avisado.

—¿Qué quieres, Anthony? —preguntó como si no lo hubiera oído.

—Me gusta telefonearte, eso. Escucharte. Y quiero verte.

—Está bien.

—Está bien —repitió él, no muy seguro de lo que significaba.

—Pero no puedo hoy —dijo ella.

—Está bien. ¿Por qué no puedes?

—Es sábado y quiero visitar a Frank —respondió.

—Frank —repitió, como si en aquel nombre se develara un misterio—. ¿Sabías que ese hombre es Nazi? Me lo dijo en la fiesta de los Halloran. ¡Increíble!

—Frank no es nazista. Es de Alemania, eso sí. Lo demás fue un malentendido.

—La última vez que lo vi olía raro.

—¿Cómo va todo, Anthony? ¿El hijo de Magda apareció? —preguntó con repentino entusiasmo.

—No. Sigue en la universidad. Quizás sea mejor así —respondió.

Afuera los vecinos lavaban el vado mientras el más pequeño de los hijos andaba en una bicicleta con ruedas de apoyo, sólo vestido con sus calzoncillos rojos. La madre le hacía señas para que volviera a pasarse por el cuerpo el ungüento para protegerse del sol. Hacía un calor terrible y el cielo estaba pálido y despejado. El agua que derramaba Mr. Lars formaba un pequeño canal a lo largo de la calle que corría abajo, directo a un desagüe.

—Tengo que darle una buena limpieza a la casa antes que regrese —continuó él.

—Estuve pensando en presentarte a alguien —dijo ella.

—¿Alguien?

—Una conocida. Le gusta la literatura y la cocina, seguro que te encantará.

—Así estoy bien —dijo Anthony.

—También lo creo. Pero podría ser una buena amiga. Tampoco tiene familiares cercanos.

—Como si me importara. ¿Eso me querías decir? —Silvia soltó una risita sincera.

—No. Me gusta escucharte y que me escuches. Para eso hablamos, ¿no?

—Pero no te llamé para hablar de otras personas. ¿Comprendes?

—Se llama Amelí —declaró Silvia—. Es una mujer interesante.

—Adiós, Silvia. Te esperan por ahí.

—Te quiero, Anthony.

—No me quieres —dijo él y se avergonzó instantes después.

—Sí, no me discutas.

—Adiós, Silvia.

Colgó el auricular. Conversar con Silvia le dejaba la garganta reseca y ardiendo. Preparó una copa de jugo de naranja y se la tomó. En el mármol de la cocina estaba la fuente del gato; abrió una lata de atún y la vació en la mitad de la fuente que usaba como platillo. En la otra mitad vertió el agua. Bajó la fuente a una pequeña alfombra que rezaba Love cats. Al incorporarse sintió un espinazo en la cintura, y tuvo que frotarse el punto de dolor para aliviarlo.

Duncan, el hijo de Magda, estudiaba Derecho a ochocientos kilómetros de distancia. Pero ochocientos kilómetros no cambian las cosas: aquí y allá era verano. Los muchachos debían haber entrado en receso unas semanas antes. Duncan no había llamado desde entonces.

En nombre de Magda se acercó al teléfono una vez más y presionó el asterisco hasta que en la pequeña pantalla verde apareciera el número de Duncan. El auricular no emitía ningún sonido. Volvió a intentar con el mismo procedimiento y nada. Antes de colgar limpió con la yema de los dedos la cuenca en la que se posaba el teléfono.

En la mesa de vidrio que usaba para el desayuno, descansaba Fenómeno Humano de Theilard de Chardin y proyectaba un reflejo oblongo de sí mismo. Podía prepararse más jugo y sentarse a leer, pero el libro se le antojaba sumamente agobiante. Por el momento era incapaz de concentrarse en una lectura y menos en la escribir. Había pasado mañanas enteras en el parque, tratando de retener en la mente los detalles más peculiares que era capaz de observar, y a la hora de transcribir las imágenes se diluían y perdían la esencia vital con las que las había concebido.

El niño de los Lars seguía con su labor matutina: ver qué tan rápido podía pedalear antes de perder el control y terminar con un raspón en las rodillas. Lo que hacía al jardín de Anthony deplorable era compararlo con el de los Lars, que parecía más un campo de golf que una casa. En cuanto Duncan viera las llamadas que le había hecho, se propondría aplazar sus vacaciones para darle una visita al hombre; una vez que lo había llamado era inevitable detenerlo, lo conocía. Entonces tenía que hacerse cargo del estrecho anillo de césped que rodeaba la casa y mantenerlo prolijo antes de que se hiciera tarde y lo tuviera en el umbral de la puerta, con los lentes de sol sujetándole el flequillo y esa espantosa perforación en la nariz.

Tomó una larga bocanada de aire, se estiró con los brazos extendidos y salió. Adentro del garaje estaba oscuro y muy caluroso, una única columna de luz polvorienta entraba por el respiradero en la intersección del techo y la pared, e iluminaba la caja de la máquina. La asadera colgaba de un gancho en la pared. Para que se unieran las partes había que ajustar con una tuerca los dos cilindros. Después cargó la gasolina en el pico que sobresalía del motor, y antes de colocar el combustible en las estanterías lo olió. Arrastró la máquina afuera y la condujo por un pasillo que daba con el jardín. Tuvo que cubrirse los ojos con un brazo por el sol.

En la esquina una pareja se apeaba del coche y el muchacho sujetaba por el codo a su prometida. Entraban a la casa de los Myers.

Mr. Lars levantó una mano. Anthony asintió. La Señora Lars le sonreía y lo observaba con minuciosidad. Anthony esquivaba su mirada.

—¿Necesita ayuda? —gritó Mr. Lars desde el otro lado de la calle —. Podemos darle una mano.

—Llamaré a estos chicos —dijo indicando con el dedo índice la estampa de Green Pace —. No, me hará bien un poco de ejercicio.

Mrs. Lars se encogió de hombros y también se le encogió la sonrisa. Mr. Lars desvió la mirada al espeso y despeinado césped de Anthony y dijo:

—Tiene para un buen rato. Si quiere le puedo convidar un poco de mi X.

—Gracias, pero no tomo alcohol —respondió; entró con la máquina al césped y se alivió al sentir apenas el leve roce de la hierba.

—¡Hombre!, si usted era un gran bebedor. ¿Qué toma mientras disfruta de Hemingway? ¿Agua? —dijo Mr. Lars. En una mano llevaba un vaso y lo levantaba en dirección a su vecino. El niño de los calzoncillos pasaba a toda marcha por la acera.

—Las personas mayores deben hidratarse adecuadamente —dijo Mrs. Lars, y agregó con el tono de quien profesa un sórdido vaticinio —. El verano se va a poner malo, Profesor.

Hacía años que no lo llamaban por su cargo, y tener que identificarse como tal lo ponía incómodo.

—Eso es cierto, Mrs. Lars. El verano está terrible. ¿Quién sabe? Tal vez más tarde, si siguen aquí, me agarren con la guardia baja y acepte uno de sus famosos X.

Mr. Lars quiso hablar, pero su esposa lo interrumpió:

—Lo siento, Profesor. En un rato tenemos compromisos. Hoy es el bautizo de la pequeña Ivy, la primera hija de mi hermana, y asistiremos con toda la familia. Lucas vuelve de la universidad, ¿recuerda a Lucas, Profesor? Le encantaba conversar con usted. Él regresará para la ocasión —Mr. Lars bebió el X de un trago y eructó.

—Entonces será en otra oportunidad. Aprovechen que el muchacho vuelve —dijo Anthony, y Mrs. Lars respondió con una ancha sonrisa. Su esposo escrutaba la calle. El brazo con que sostenía el vaso colgaba a un lado del cuerpo y pequeñas gotitas de X caían al vado mojado.

—Así será —dijo la mujer, y con la mirada siguió a su hijo que cruzó delante de ella—. Debemos juntarnos a cenar un día de estos. Estoy leyendo a un tal Grisham, ¿lo conoce? ¿Es bueno?

Anthony se adentró un poco más en la hierba y desde ahí decidió cuál iba a ser su punto de partida. Con el pie aplastó un poco el terreno y sacudió la máquina hasta que quedara paralela a la calle. El rocío del césped atenuaba el calor de la mañana.

—Josh Grisham. El escritor se llama Josh Grisham, Profesor —dijo la mujer.

—¡Más despacio Dani! —exclamó Mr. Lars.

—Entonces me esperan con X y conversamos sobre ese Josh.

Mrs. Lars puso las manos como altoparlante y dijo tan fuerte que se le quebró la voz:

—Puede venir acompañado de la señorita.

Anthony asintió. Ya no quería seguir hablando con esa gente. Mr. Lars alzó la mano vacía e hizo señas para que el niño regresara. Las ruedas de la bicicleta siseando en la acera llegaban lejanas.

Mrs. Lars no dejaba de contemplar a Anthony.

Tomó el cordón del motor y le dio un tirón. La máquina hizo un leve gemido y guardó silencio. Con el segundo acceso, el lamento del motor duró más y la asadera se sacudió. El tercer tirón fue el definitivo. Los rumores de la calle quedaron solapados por el rugido de la cortadora.

Mr. Lars entraba a su casa y su esposa seguía parada en la acera, cuidando de su hijo. El hombre volvió al rato con una bandeja con queso en trozos, dos vasos y la botella de X. Acercó unas sillas de plástico y se sentó.

La cortadora de césped tenía una abertura lateral por la que brotaba la hierba molida. Pensó en acabar la primera mitad del jardín y tomar un descanso, y antes de continuar con la otra mitad recoger los restos de césped.

Emprendió el avance con dificultad: la hierba estaba tan crecida que había que doblegarla para que las cuchillas puedan alcanzarla. La pared quedó inmediatamente salpicada de césped y un aroma dulce y extravagante se levantó en el aire. Cuando llegó al extremo del jardín, volvió la cabeza y halló la franja desnuda de césped y tierra viva debajo.

Mr. Lars le pasó su vaso a Mrs. Lars. Ella bebió un trago largo y se lo devolvió. En el bolsillo de sus pantalones blancos llevaba el envase de ungüento, lo tomó y se lo vació en los brazos. Después se frotó las extremidades y la cara, repasando especialmente la frente. Mr. Lars prestaba atención al final de la calle y masticaba los trozos de queso que había traído. La pareja en la casa de los Myers salía sonriendo abiertamente. Él la sujetaba por la muñeca y ella saludaba con la otra mano en dirección a los Lars. Mrs. Lars devolvió el saludo, mientras que su esposo se llevaba el vaso de X a la boca.

Subió la máquina a la galería y desde allí maniobró para enfilar en la siguiente franja. Caminó empujando de la asadera y observando con fascinación el chorro de césped que brotaba a un lado. En la mitad del trayecto las aspas se cruzaron con un guijarro. El fragmento rebotó en la caja de la máquina y salió despedido por la abertura. Miró en derredor y encontró la marca oscura del impacto como un grano en la pared. Lo que quedaba del guijarro eran pedazos minúsculos esparcidos por el jardín.

El niño en calzoncillos pasó saludando. Anthony asintió, pero a medida que se alejaba pedaleando otra vez, comprendió que no era él a quien se refería, sino a Steve James que pasaba caminando por la acera.

Steve James era un hombre negro de mediana edad conocido por hacer aspavientos de su amor por la patria. Y amor por la patria significaba amor incondicional por Barack Obama. Esa mañana no vestía con la remera del rostro de Obama, pero lo hacía a menudo. También la gente lo recordaba por su hijo muerto. Nico James caminaba con una bolsa de papas fritas en la mano, y estaba buscando una cuando lo atropellaron y golpeó la cabeza con la calzada. Magda lo vio minutos después, todavía vivo, abriendo y cerrando involuntariamente la mano como una rosa que florecía.

Dani Lars era amigo del negro. El Negro se lo había comprado con sonrisas blancas y saludos del guetto, pero a nadie le incumbía porque era fácil de suponer que veía a su hijo en cada niño que cruzaba por la calle. Era una explicación factible, y los padres de los niños no hacían más que caridad convidando un poco de sus paternidades. Parecía haber un consenso general en fingir que Steve El Negro seguía siendo padre.

A Anthony no le molestaba precisamente, pero creía que aquella historia le faltaba una parte que nadie quería ver. El personaje de Steve James era dimensional, conflictivo y verosímil; cargaba con el peso de las conversaciones y se desenvolvía con agilidad en la trama. Nadie podría haber contradicho esas afirmaciones. Sin embargo, a modo de contrapunto, nadie sabía de la existencia de su mujer. Silenciosa, débil, apenada. Así la describía Steve, como polo opuesto; el símbolo de la oscuridad, la mitad que hacía que él brille.

—Buenos días, Anthony —saludó alzando la voz por encima del ruidoso motor de la máquina.

—Buenos… —respondió.

Apagó la máquina. Lo miró detenidamente, estudiándolo.

—¿Necesita ayuda? —Se pasó el dorso de la mano por el bigote y añadió: —. Qué calor de locos.

—Ya me han ofrecido, gracias.

—Si quiere alguna vez, podemos brindarle servicio a la casa. En la Iglesia lo hacemos sin cobrar, ¿sabe? Con que nos dé unas bebidas alcanza.

Anthony se inclinó hacia atrás. Negó con la cabeza.

—El pastor German brinda charlas cada jueves a las ocho, ¿no me acompañaría?

—Sabe, es que no creo en Dios. Puede ir con su mujer, ¿cómo es que está? —preguntó.

—Mejor, gracias por preguntar.

—Está bien.

Steve sonrió.

—Pero, ¿no me daría una oportunidad? —dijo.

—Las conversaciones religiosas no son lo mío.

—Entiendo.

—Está bien.

Tenía la frente perlada de sudor, y una gota en el bigote.

—Le contaré algo que quizás lo haga cambiar de opinión. A la edad de doce años me juntaba cada sábado a fumar con mis primos y sus amigos, ¿sabe? No hacíamos más que matar el tiempo. Belubah, una de las chicas más lindas que pueda imaginar, pasaba caminando para que la viéramos, y al poco tiempo los halagos se transformaron en chistes y los chistes en conversaciones. Al rato se nos unió. Ella engordó, ¿sabe? El asunto es que un día de invierno hacía un frío que se te calaba en los huesos, y estábamos en el pórtico de mi madre. Mi primo Harrison quería ver el sol ponerse desde el tejado. Necesitó una silla y una caja para subir. A Belubah se le ocurrió acompañarlo. Al rato estábamos todos en el tejado congelado viendo el cielo de un color rojo sangre y las primeras estrellas parpadeando. No recuerdo qué es lo que dije, pero la chica empezó a llorar y nos confesó que su padre la violaba. Dijo que sucedía desde unos meses atrás, y que su madre sabía, pero no se interponía. El frío, el atardecer y unas palabras y nos largó semejante acusación hacia ese buen hombre. Jack, su padre, era el ayudante del pastor, y todos sabíamos que Belubah tenía celos de su devoción por El Señor. ¿Violarla? Fue una mentira, ¿se lo cree? De esto no cuentan ni en los libros. La muchacha maldijo a Dios sobre ese tejado y, momentos después, resbaló y se quebró el pescuezo en la grava del pórtico. Frente a nuestros ojos. ¿Cómo le llama a eso, Señor?

—Gravedad —contestó.

Steve rio con las manos sobre el vientre.

—Déjeme contarle una historia a mí. ¿De acuerdo? Hace calor, por lo que será una historia corta.

Asintió, entretenido. Anthony también sonreía.

—Había dos hombres una mañana de un verano apoteótico, ambos estaban enfrentados. Uno de los dos hombres llevaba la iniciativa. El otro contemplaba. En aquella escena se debatía la existencia de Dios. El de la iniciativa planteó una hipótesis que iba a brindar la solución definitiva en aquel mismo instante: Si a posee n cualidades que lo convierten en a, y b posee las mismas n cualidades, entonces a=b.

Mr. Lars se levantó y entró a la casa rengueando. Mrs. Lars miraba con preocupación la botella de X; en la frente tenía el ungüento blanco mal distribuido.

Anthony prosiguió:

—El hombre que contemplaba no entiende, y su rival lo repite. Si Dios posee las cualidades de la omnipotencia, la omnipresencia y la invisibilidad, por ejemplo, y la fuerza de gravedad también es poseedora de las mismas características, nadie podría negar que la Gravedad es Dios. El hombre sigue sin entender, lo que no sorprende a su rival. Continúa diciendo: “Coloco este guijarro en el camino —le señala su cortadora de césped que siempre estuvo allí mismo— y lo arrollo con la máquina. El guijarro saldría despedido al aire y sus probabilidades de impacto, que según usted estarán a merced de Dios, en realidad serán selladas por características físicas como la distancia, el peso, etc.”. El de la iniciativa, para demostrarlo, puso el guijarro en el camino y lo paso por encima. ¿Sabe a dónde fue a parar, Steve? Atravesó el globo ocular del hombre contemplativo y se le hundió en la suave masa encefálica. Nunca encontraron el guijarro, pero eso no es importante. El punto de la historia es que la ironía no tuvo un motivo de ser. Murió por la Gravedad, que no ejerció la suficiente fuerza para detener el guijarro o disminuir su impacto. Dedicó su vida entera a El Señor y la Gravedad se la quitó.

Steve entrecerró los ojos y se lamió la gota de sudor del bigote.

—¿Quiere hacer la prueba? —preguntó Anthony, sonriendo.

—Supongo que no —dijo Steve.

—Así me lo imaginaba.

—Claro —Aún con los ojos entrecerrados.

—Está bien —dijo Anthony. No supo qué más agregar y las axilas le ardían. Se encogió de hombros y al cerrar los párpados se encontró con motas de luces multicolores palpitando en contraste con el profundo negro; en ese momento tuvo el deseo de quedarse contemplando el espectáculo en sus ojos y entregarse por completo a la oscuridad interior.

Hubo silencio.

—No dude en aceptar mi ayuda la próxima vez.

—No lo dudaré, Steve.

—¿Y Duncan? ¿Dónde está mi muchacho? No lo he visto desde lo de Magda.

—Es que no ha venido, Steve. Es verano —dijo—. Tampoco he visto a su esposa por aquí.

El negro se enjuagó la frente. Ensayó una sonrisa, pero se venció.

—No entiendo cómo es que Magda no se lo contó. Mi mujer se ha ido a lo de su madre. Estamos separados.

Anthony aferró la asadera y giró de espaldas al hombre. Ya no quería hablar.

—Si cambia de opinión avíseme. Voy a estar disponible todo el día.

—Está bien —dijo, y levantó una mano en dirección a Steve.

Steve James se fue. El teléfono comenzó a sonar dentro de la casa.

Mrs. Lars tenía la botella vacía de X en las manos. Pensaba en que excusa le iba a dar a su hermana por no poder ir al bautizo de Ivy. El niño de los calzoncillos rojos volvía por la calle, alzando una mano y vociferando: ¡Arre! ¡Arre! ¡Arre!

 

 


SOBRE EL AUTOR: F. R. Raven, escritor latinoamericano, no publicado aún, básicamente víctima de mis propias ideas. El pseudónimo es una larga historia. Posmemismo Supramágico es vida, es alcanzar niveles que ni Jung con sus arquetipos alcanzó. Ah, estudio Psicología.

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