Por Gilberto Nava Rosales

Uno sabe que ha envejecido cuando ve en la televisión un documental sobre la década en que nació (tempus fugit cortesía de NGC). Con calculadora en mano, los números no cuadran con la concepción mental de senectud: veintipico años no hacen un abuelo; falta camino para llegar al título de “honorable anciano”. Sin embargo, ya emulamos una vida de asilo: vivimos el instante o el recuerdo.

Desde las vanguardias, la innovación y la velocidad quedaron como norma obligada; actualmente esto se percibe en la tecnología: más tarda uno en comprar el nuevo iPhone que en lo que Mac lanza una nueva versión (aunque ésta sólo haga más grande el aparato). Las actualizaciones de software están a la orden del día (desde la máquina de escritorio hasta el teléfono celular deben ponerse al día o programas/aplicaciones fallan). Uno debe tener conexión constante a la red para no perder la carrera y volverse obsoleto.

Baudrillard, en La ilusión del fin (1), explica la afectación de ese nuevo paradigma en la concepción de la historia. Indica que actualmente los eventos sufren un proceso de hiperaceleración que los expulsa fuera del anclaje a la historia; los acontecimientos se suceden unos a otros de manera atropellada de modo que, cuando apenas se tiene noticia de uno, otro ya está presente. Lo anterior imposibilita un entendimiento concreto de cada hecho encadenado, involuntariamente los fragmenta y disuelve en el vacío.

Sin embargo, un tanto contradictoriamente, existe también un fetiche por el registro de sucesos y su transmisión en vivo y a todo color. Similar a la descarga masiva de archivos que se quedan (des)comprimidos en carpetas olvidadas. Al tener la certeza y posibilidad de revisitarlos eventualmente, permanecen almacenados en algo aproximado al olvido.

Algo que ha permitido lo anterior lo apunta Subirats en Culturas virtuales (2). La virtualización de la vida, por ende la del mundo, facilita la transmisión de cualquier cosa sin importar su (ir)relevancia. De hecho, un ejemplo claro de lo anterior se observa en redes sociales (Facebook y Twitter de manera prototípica) o páginas como 9gag, 4chan, etcétera.

No sólo la vida se ha convertido en un elemento al que se accede también con abrir una cuenta e iniciar sesión (3) sino que en esos sitios electrónicos ha aparecido la cultura del meme. Una imagen, una frase o un video se hace viral y alcanza un público estratosférico, luego adquiere su propio significado y se reutiliza en diferentes ocasiones, ya en solitario como respuesta o comentario a otra cosa, ya con un elemento extra agregado para generar un efecto (la mayoría de las veces gracioso) en el receptor.

Así, la información y las imágenes se (re)transmiten masivamente a cualquier lugar del mundo en cuestión de segundos. Resulta muy sencillo ver las entradas, scroll down a la pantalla e ignorar aquéllas que no interesan. La vida misma adquiere un matiz de meme.

Esas Time Lines parecen alegoría de la concepción actual del tiempo: a pesar de que todas están aparentemente en un orden cronológico inconexo, en realidad se interpretan fragmentadas, aleatorias y simultáneas. Así, pasado, presente y futuro pierden toda conexión. El pretérito se ve como algo distante (e incluso hermoso para los nuevos ancianos), el presente aparece infinitamente en la pantalla y el futuro queda avasallado por la imparable inercia del anterior que, de forma casi inevitable, orilla a un perpetuo carpe diem donde se retransmite la misma escena una y otra vez o a un llanto interminable por el tiempo perdido, su paso acelerado y el mal gusto de los que vienen.

 

1 Jean Baudrillard, La ilusión del fin, Anagrama, 2004.

2  Eduardo Subirats, Culturas virtuales, Coyoacán, 2001.

3  Actualmente hay una división binaria: personas con cuenta en Facebook vs. personas sin cuenta en Facebook.

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