—Disculpa, ¿cómo dijiste que se llamaba tu instalación esa de la arena y la pintura?
—Cromatogrania…

Cuando me lo repitió por cuarta vez, dándole un sorbo a su té chai, me di cuenta por qué me era imposible recordar el nombre de la instalación que había montado en un parque de la colonia, como parte del movimiento «la voz de la calle no sé qué»; entre otras cosas, era un nombre terrible.

Unos puñados de arena, de las playas más turísticas de México. Los había podido recolectar gracias a que su padre trabajaba en algún puesto importante, algo del gobierno. Su familia salía de vacaciones cada mes. Los montones de arena estaban esparcidos caprichosamente sobre una mancha amorfa de color blanco, y pintados con colores brillantes y chillones. Es tan simple como obvio: «estamos transformando a la naturaleza de forma irremediable, química, industrial… pero también en un profundo grado espiritual, además lo hacemos pintándola con colores “ajenos”». Yo no sé de donde se sacó los pantone de los colores extranjeros, pero yo veía al montoncito de arena de Los Cabos (que no conozco), color rosa mexicano.

Me había aventado ese discurso sobre su obra varias veces, en parte porque no tenía nada mejor que hacer cuando me metía al que estaba a unas cuadras de mi casa, y en parte porque me moría de ganas de comérmela viva; y para mí, escucharla era una forma de hacerlo. La puedo desmenuzar mientras habla porque tiene la costumbre de nunca mirar a los ojos cuando explica algo en lo que realmente cree. Clava su mirada en

 

la mesa,
en la calle,
en el piso o
cierra los ojos mientras enreda sus dedos en el cabello verde.

Después de tres relaciones fallidas me habían pasado algunas cosas; ahora era mejor cogiendo, y aunque todavía no descubría nada realmente importante sobre mí, ya sabía a qué clase de mujeres podría gustarle. Al principio estaba emocionado, pero luego se fue poniendo sombrío, como cuando escuchas que una empresa es exitosa porque sus métodos de promoción consisten, básicamente, en lavarle la mente a sus clientes.

Entiendo a estas chicas con el cabello de colores, porque de hecho soy como ellas. Nos gustamos y revolcamos porque nos vemos en un espejo al cruzar miradas, y nuestro narcisismo termina por enamorarnos. Siempre fallamos como pareja porque ella (comprimiéndolas en un solo ente femenino abstracto) y yo, somos la misma broma.

Ha Ja ha ja Ha Ja ha ja

Les fascinaba el cuento de que soy escritor, y a mí me fascinaba su hábito de andar descalza. Siempre, en algún punto de nuestra coincidencia en el café con world music, en el parque o la fábrica abandonada, yo empezaba a hablar de cómo la fotografiaría al amanecer, desnudas, entre lo que quedara de la cama[1], y ella se ponía una mano en la nuca, se encogía sonriendo, como envolviéndose dentro de una cobija metafísica, y me decían que sí, que le encantaría intervenir esas fotografías.

Yo le agarraba la mano y las nalgas. Creo que lo que nos besábamos con tanta prisa no eran las bocas, las curvas de la sonrisa, como decía ella; sino el ego, nos lamíamos el ego mutuamente.

Así estuve llevando la primera parte de los 20, haciendo como que hacía, fingiendo que entendía, que escuchaba y sobre todo; fingiendo que escribía. Al principio escribía lo que la vida me daba a entender, que era básicamente hablar del atardecer y del mar y de que estoy                                                                                                                muy solo.

Luego de superar la etapa patética-romántica, pase a imitar, imitaba con una voracidad temible, y es que no tenía a nadie que me detuviera, al contrario, a ellas les encantaba que lo que escribiera sonara un poco a esas partes de Rayuela de las que puedes sacar citas para llenar horas y horas de ligue por chat, además era sencillo: había que hablar mucho de puentes, de calles, de andar perdido e inventarse una o dos palabras de repente, sin coprinancia estruvada. Había que estar siempre triste, interesante y parecer como que busco algo que en realidad, sospecho ya llevar en el bolsillo. Era una buena época, en esa época conocí a lo que después se convertiría en mi ex-kriptonita[2], claro que en ese entonces era la mujer más bella y libre que hubiera conocido jamás, llena de sueños, de precipicios y una hipnótica necesidad de vivir.

En realidad no era tan progresista, siempre se negó a tener sexo anal conmigo, aunque de todos modos, se lo decía de broma. Pero ella y yo funcionábamos, yo le decía lo que quería escuchar y ella me dejaba ver lo que quería. Entonces éramos bien pequeños y andábamos escondiéndonos siempre de nuestros padres para obtener unos minutos a solas en alguna de nuestras salas o en mi cama, nunca pude conocer su cuarto  cada que le desabrochaba los botones en su casa, era con un oído pegado a sus labios para escucharla suspirar despacio, y con el otro en las escaleras, por si bajaba su padre o su hermano. También veíamos skins, antes de que me diera cuenta de que es una telenovela para niños con tumblr.

Cuando cortamos me deshice,                                                                                se deshizo,
lloramos,                                                                                                      caminé en la lluvia,

 

se tiró en la alfombra de su cuarto y nunca nos volvimos a ver.  En persona.

 

Teníamos el perfil del otro en todas las redes sociales que existían en ese entonces. Con todo y los apellidos idiotas que usábamos, a veces yo усский фамилия y ella simplemente con el de algún poeta maldito. De pronto, ella se puso más buena, yo salí con una amiga suya, ella anduvo con el wey que le tiraba el perro mientras yo era su novio, se pintó el cabello y yo empecé a fumar mucho más y a intentar escribir en serio.

 

Después de un año intentamos regresar, para ese entonces ella ya andaba saliéndose de su casa por problemas con su padre y yo andaba ganándome un iPad por escribir un poema de una, 2, 3, cuatro, 5, SEIS palabras. Nos besamos en un café del centro y nos preguntamos mutuamente cómo habíamos podido estar tanto tiempo lejos el uno del otro, si era tan claro que los agujeros de nuestras almas se veían muy bien cuando bailábamos juntos bajo la luna. También por ese entonces conocí a la última mujer de la que me he enamorado y decidí no regresar con mi ex, a pesar de lo bonita que se veía llorando sentada en mis piernas y quejándose del mundo. Cuando le dije (por WhatsApp) que no volveríamos me contestó:

 

—Jódete un chingo—

 

y me dijo que le cagaban los escritores porque eran unos mentirosos, que me la pasé enamorándola con palabras, que le pinté un mundo que no existía, etc.

 

Esa mujer que preferí en lugar de mi ex me trató como un trapo[3]. Mi ex se fue a vivir al DF con un escritor. Lo último que supe de ella es que iba a estudiar biología o algo así, también vi una foto de su culo usando un liguero en Instagram. Condenada.

Ya no pude con el sueño después de eso y dejé de leer un rato, un buen rato. Sólo escribía basura, no es que ya no lo haga, pero creo que ya hago algunas cosas aparte de basura. Lo que nos lleva de vuelta al jardín de la universidad donde estoy hablando con Aya sobre la arena pintada. No creo comérmela viva, porque todavía no puedo separar el sexo de los sentimientos, concepto anticuado, incluso antievolutivo. Soy un hombre sensible, pero sincero. Culpo a mi educación católica. Y al gobierno. Y a ti. </3

 

[1] Presumiblemente destruida por el fuego imparable de nuestra pasión.

[2] Ni siquiera esto se me ocurrió a mí, el término lo invento un amigo.

[3] En realidad la historia de esta no es tan diferente a la primera, después de todo tenemos esto del eterno retorno y aquello de la zona de confort.

 


Semblanza:

Iván es un niño con internet que escribe cuando puede de cosas que no entiende, pero que le funcionan para estar más tranquilo. El poema con el que ganó no es de seis palabras, es de seis versos.

Tiene un blog con links a otros blogs:

ivanalfredocabrera.tumblr.com

Y twitter:

@ivan_alfinal


Ilustración de María Elena Ramírez Ortega. (A.C.A. HELLCAT) Licenciada en artes plásticas por la ENPEG. Su trabajo se ha centrado en la investigación de enlaces entre la experiencia plástica en un dibujo expandido; la gestión y la curaduría de proyectos independientes con énfasis en la creación de puentes comunicantes entre públicos en las periferias del área metropolitana, en específico con el público infantil.

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