Otro día comienza en el reino y todos los preparan para un día más.

Los panaderos calientan hornos, los pescadores cuentan carnadas y los pastores saludan ovejas.

Comienza otro día en el reino y todos los nobles se preparan para vivir su día.

Los príncipes entonan sus liras, los tesoreros cuentan monedas y las princesas reconocen a sus doncellas.

 

El sol deslumbra al reino y en una casa cercana a la muralla de la ciudad un caballero se preocupa por todas las cosas que ese día tiene que hacer. El caballero, comiendo un pedazo de pan y tomando un poco de agua se repite a sí mismo las mismas tres palabras que se dice todos los días al desayunar. Armadura, botas, espada. Armadura, botas, espada. Armadura, botas, espada. El caballero sabe que estas tres palabras pueden sobrar, todos los días lleva la misma rutina, y nada nunca se le queda en su hogar. Armadura, dice mientras piensa en la bestia de la que se tiene que encargar. Botas repite pensando en la invitación a comer que recibió después de salvar la ciudad pocos días atrás. Espada, concluye pensando en que ese día no podía llegar tarde otra vez.

 

El caballero sale de su casa y acariciando sus muñecas reflexiona los rumores que ha escuchado sobre las tierras al sur, rumores de objetos mágicos que miden el pasar del tiempo en unidades. Él sabe que como caballero su mayor defecto es siempre llegar tarde, y que el único enemigo al cual nunca logra derrotar es el tiempo. El caballero considera la posibilidad de emprender un largo viaje hasta encontrar uno de estos objetos, le gustaría mucho saber cuánto tiempo le queda cada día, y no tener que correr siempre hasta el final. Pero por el momento eso no era importante, por el momento lo importante era encontrar a la gran bestia y vencerla para poder entregarla y cobrar.

 

El caballero en sus manos siente ansiedad, esa extraña ansiedad que se siente cuando algo se olvida o cuando se tienen muchas ganas de golpear algo. El caballero sabe que camino tomar para llegar rápidamente a la bestia, tomarla por sorpresa y matarla sin mayor problema. El caballero toma la ruta y la recorre con prisa, el caballero no se quiere quedar sin tiempo al final del día. El caballero se siente satisfecho al encontrarse con la bestia rápidamente, y se alegra más al verla dormida. El caballero se acerca lentamente a la bestia, termina a pocos centímetros de ella y se toma un segundo para apreciar sus dorado pelaje, sus gruesas patas y su fuerte mandíbula, pero no teniendo tiempo para gastar se apresura a levantar su brazo para así desenvainar la espada que todas las mañanas pone en su espalda.

Desafortunadamente para el caballero, la bestia, sintiendo su presencia despierta y lo embiste antes de que su brazo llegara a su destino. El caballero, ahora en el suelo detiene las fauces del gran felino pensando en lo poco conveniente de la situación, la idea era terminar con la bestia rápido para no llegar tarde ese día también. El caballero había comido un pan pequeño, bebido poca agua, y solo había repetido tres veces las tres palabras rutinarias (que normalmente repite entre nueve y once veces) para ese día no quedarse sin tiempo. Pero la bestia no parece interesada en su afán, la bestia tiene hambre y tiene la fuerza suficiente para mantener al caballero contra el suelo. Armadura, piensa el caballero, agradeciendo a sus vestimentas la protección que le brindaban y pateando una gran piedra cercana a su pie en dirección de su mano. Armadura, piensa mientras deja que la bestia le muerda el protegido brazo izquierdo para desocupar el derecho y con este tomar la gran piedra que con un golpe en la cabeza terminaría a la bestia. Armadura, responde sonriente cuando el hombre que  le paga su recompensa le pregunta su secreto para poder haber vencido a la feroz amenaza.

 

El caballero iba bien de tiempo, el haber acortado su rutina matinal y haber tomado la ruta más rápida para vencer al animal, le proporcionó un margen suficiente para haberse demorado contra la bestia y todavía no quedarse sin tiempo. El caballero piensa en el siguiente asunto del día, ir a la casa de una agradecida familia a comer una caliente comida y discutir un poco de temas de actualidad. El caballero tiene mucha hambre, y camina a paso veloz para poder llegar rápido, comer rápido, hablar rápido y así finalmente retirarse rápido. El caballero caminaba a prisa por el sendero cuando la lluvia comienza a caer, y maldiciendo a esta se refugia bajo un viejo árbol. El caballero no puede darse el lujo de esperar a que la lluvia se detenga, el caballero no se quiere quedar sin tiempo, pero el caballero también es consiente de que con el sendero mojado, no puede caminar al mismo paso, arriesgando el caer en una zanja o el resbalarse y rodar en el lodo llegando en condiciones poco presentables a la casa de su anfitrión.  El caballero sentado ve sus pies, y sonriente se levanta agradeciendo su rutinario ser. Botas, dice mientras siente la estabilidad en sus pies al pisar el lodoso camino. Botas, repite pisando un charco sin miedo a mojar el interior de estas y enfermarse después. Botas, responde el caballero cuando sus anfitriones le dicen que no esperaban verlo hasta después de la lluvia y le preguntan que cómo es posible que hubiera llegado con tanta rapidez.

 

El caballero encuentra la comida exquisita, la come sin discreción y el gusto le hace olvidar un poco la sensación de ligereza que siente en su espalda, la ansiedad que siente en sus manos, y el miedo que le tiene al pasar del tiempo. Esto se interrumpe cuando el hombre de la casa que los protege de la lluvia pregunta el motivo del afán del caballero. El caballero reposando su espalda sintiéndose inusualmente cómodo, responde que todos los días lleva a cabo pequeñas tareas, come en casas ajenas y siempre llega tarde a una casa que parece ser todos los días aterrorizada por un caballero criminal. El caballero dice que no se quiere seguir quedando sin tiempo, y explica que esa mañana no tomó el tiempo acostumbrado en arreglarse, no llevó su rutina de memoria a cabo, y que por consecuencia todo parecía indicar que ese día podría interceptar al bellaco. El hombre de la casa no responde nada y el caballero se despide saliendo de la casa, acomodando la armadura y apretando las botas. Armadura, botas, espalda, dice riendo por su juego de palabras y camina, saboreando el tiempo que no ha perdido, en dirección de la casa dónde el día tendrá lugar.

 

El caballero llega a la casa y pregunta a la joven que vive en ella si el deshonrado hombre ha llegado ya. Ella niega con la cabeza, pero se detiene al encontrar en la distancia a una silueta que no tarda en señalar. El caballero voltea y siente rabia al ver a su oponente, mas a la vez siente placer al haber conservado el tiempo suficiente. El caballero deshonroso corre en dirección del caballero afanado y el caballero afanado le responde con la misma acción. Espada, dice el caballero sintiendo ansiedad en la mano, en la espalda y en el corazón. ¡Espada! grita deteniendo su correr y recordando la ligereza en su espalda y la comodidad al reposarse en una silla sin haber tenido que desarmarse… Espada… susurra mientras siente la cuchilla de su enemigo atravesarle el vientre, pensando en como en lugar de repetirse armadura, botas, espada, en su casa. Se tomó el tiempo de pensar en como no podía quedarse sin tiempo hoy.

 

Armadura, botas, espada. Dice el caballero una última vez. Dándose cuenta que en la vida, tanto los príncipes como los panaderos, y hasta los habitantes del sur con sus aparatos medidores de segundos. un día, sin importar sus afanes y lo rápido que hagan sus mandamientos. Terminan todos quedando sin más tiempo para gastar.

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