Si pasado el día de mi muerte un amigo decide publicar los textos encontrados en mi computadora —específicamente aquellos dentro de la carpeta llamada «NO PUBLICARSE JAMÁS»—, saldrá a la luz, además de un montón de poemas malísimos, un artículo alguna vez subido a un blog que ya no existe donde de forma inocente invitaba a mis tres fervientes lectores a votar: «infórmate y vota por quien más te convenza, o anula, que es otra forma de votar, pero vota», decía. No se me debe culpar, en ese entonces yo no sabía nada de política y al final así somos los humanos: engañamos a nuestros hijos con fábulas de hombres gordos que dejan regalos al pie de un árbol muerto, regodeándonos de ser moral e intelectualmente superiores; luego vamos y participamos en procesos electorales organizados por el INE.

Debo aclarar que si bien sigo sin saber nada de política, tiene tiempo que dejé de creer en el hada de los dientes. No es el caso de millones de personas que el siguiente domingo 7 de junio celebrarán lo que dentro de muchos años se conocerá como el Día Nacional de la Magia. Mi expectativa respecto al nombre de esta fecha está basada en dos suposiciones: la primera consiste en que Occidente como lo conocemos caerá y, pasados muchos siglos, una nueva civilización encontrará nuestras ruinas y con ellas tras muchos años de estudio se llegará a la conclusión de que confiábamos en las elecciones y por lo tanto éramos un pueblo supersticioso. La segunda suposición tiene que ver con el sentido común y el reparto adecuado de adjetivos: no hay nada más mágico que un proceso por el cual se resuelven todos los problemas del país rayando una boleta.

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Si no se lee historia lo suficiente, jamás se sabrá cómo, pero quienes nos gobiernan nos han convencido de que si hacemos fila cada tres años para rayar una boleta, ellos harán bien su trabajo. El preocuparnos porque efectivamente los políticos hagan su trabajo, el exigirles, el manifestarse o el que como ciudadanos queramos participar de cualquier forma en los procesos políticos son molestias que sin duda entorpecerían su sagrada labor protegida por la constitución (repartir las más riquezas que se puedan entre amigos y familiares antes del fin del sexenio). Nosotros decidimos creerles… ¿quién podría culparnos? Rayar boletas es mucho más cómodo que comenzar revoluciones. Para lo primero se requieren, si acaso, un par de horas; para lo segundo se requiere sudor, en ocasiones sangre, y quién sabe cuántos días sin poder ver una serie en Netflix.

Teniendo en cuenta esto, la imagen más exacta para explicar la democracia moderna ya se le ocurrió a un escritor latinoamericano recién finado y es más o menos la siguiente: se reúnen las gallinas, los patos y los pavos frente al cocinero y, triunfantes, presumen haberse puesto de acuerdo respecto a la salsa con la cual han de ser comidos.

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El argumento principal de quienes critican el abstencionismo y el voto nulo es que ambos fortalecen a los grandes partidos. Incluso se ha hecho viral un video donde un tal Roberto Duque explica, de forma breve y clara, cómo es que esto sucede. Su explicación, sensata a cual más, parece perder de vista —no se sabe si a propósito— que el problema no es que menos partidos políticos se repartan el pastel: el problema es que sigan siendo esos partidos (así sean dos, siete, o cien) quienes se comen el pastel, mientras nosotros —votemos, anulemos, o nos abstengamos— nos quedamos con migajas o, si bien nos va, con una de esas cerezas rancias y de tallo largo cuya única utilidad es la práctica del beso francés. Su postura, en fin, es mediocre; el mismo Duque lo acepta implícitamente con su conclusión: si de todas maneras las cosas no van a cambiar pronto, resignémonos y votemos por el menos peor. Supongo que el tal Duque es uno de esos reformistas que no pueden vivir sin Netflix.

El video, sin embargo, me ayudó a entender un poco el meollo del asunto, aunque de forma más bien circunstancial, cuando en su inicio el tal Duque explica que la utilidad del voto nulo y la abstención depende de cuáles son las reglas del juego y quiénes las ponen. Tal Duque: el problema es el juego, no sus reglas. Con las reglas que sea, el juego apesta. No necesitamos cambiar de reglas, necesitamos cambiar de juego.

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Pueden existir infinidad de argumentos para defender el voto, pero al final del día haber votado significa, de una u otra manera, dar credibilidad a un proceso electoral en el cual hasta los payasos con maquillajei pueden ser candidatos. Peor aún, es dar credibilidad a un sistema que permite a bestias con el intelecto de un mosquito ser presidentes. Entiendo que hay quien confía en la aparición de nuevos rostros en el panorama, políticos que, como Pedro Kumamoto, tienen un cariz más ciudadano y poco a poco, desde adentro, cambiarán las cosas. Esfuerzos admirables que sin embargo apuntalan las ilusiones de quienes creen que los verdaderos gobernantes son los políticos. Los políticos nomás están de adorno, o digamos que hacen el trabajo administrativo de los verdaderos dueños del mundo. Parafraseo a Emma Goldman: si el voto cambiara algo, los verdaderos dueños del mundo —de quienes hablaremos en otra ocasión— no tardarían en hacerlo ilegal. Votar es, en fin, masturbarse sin llegar al orgasmo.

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¿Qué hacer, entonces? ¿Votar o no votar? Carlos Taibo, pensador anarquista español, responde a esa pregunta de forma muy acertada: no es importante lo que la gente haga el día de las elecciones; se puede votar, abstenerse, incendiar oficinas gubernamentales (por mucho mi opción favorita), etc. La cuestión no es qué hacemos el día de las elecciones, sino qué hacemos los 364 días restantes del año. Esa debe ser, sin lugar a dudas, la discusión principal.

 

iEs necesario aclarar el asunto del maquillaje, a la vista de que los payasos sin maquillaje llevan mucho tiempo en puestos políticos.

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Mario Escalona

Mario Escalona

Doctor en Posmemismo Supramágico. Sus amigos dicen que no le halla a la vida (y tienen razón). Síguelo en Twitter @Mezcalona

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