¡Y también el aprender deben aprenderlo de mí, el aprender bien! – ¡Quien tenga oídos, oiga!

“Así habló Zaratustra”; F. Nietzsche.

 

Hay una frase en el diálogo Eutidemo de Platón que suele citarse cuando se quiere reflexionar sobre la sofística y las falacias argumentativas. La frase dice así:

“Te advierto, Sócrates, que tanto si [Clinias] contesta de una manera como de otra, será refutado”

(Eutd., 275e).

 

La frase la dice el personaje homónimo (Eutidemo) cuando su hermano Dionisodoro quiere mostrarle al joven Clinias (un amigo muy joven de Sócrates) sus aptitudes como maestro en la sabiduría, y le pregunta quiénes son las personas que pueden aprender, si las que ya saben algo o las que no saben nada. La frase sorprende cuando uno repara en las implicaciones que trae consigo. Básicamente Eutidemo (el que dice la frase) le está presumiendo a Sócrates que, no importa lo que le responda Clinias a su hermano Dionisodoro, de todos modos lo va a refutar.

Uno puede celebrar semejante habilidad para la conversación, es decir, la capacidad de refutarlo todo (justo como celebran los amigos de Eutidemo y Dionisodoro que se encuentra allí presentes en el diálogo). Pero cuando uno repara en las implicaciones que esta actitud trae consigo, descubre consecuencias pedagógicas (por decirlo de algún modo) graves. ¿Por qué alguien celebraría poder refutar los argumentos de los demás? Porque acepta (confesa o inconfesamente) que el conocimiento no existe.

¿Qué quiere decir esto de creer que “el conocimiento no existe”? En realidad no es tanto afirmar que no existe el conocimiento, sino más bien creer que todos los argumentos son verdaderos, que no hay opinión falsa alguna. Esto, como menciona Sócrates (también allí en el diálogo Eutidemo, en 286c), es una idea consecuencia de la famosa tesis de Protágoras “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, y de las que no son en cuanto no son”. No es que esta tesis protagórea sea muy clara (la extensión del diálogo platónico Protágoras confirma la dificultad de precisarla), pero de manera inmediata da a entender que cada persona es el referente de verdad para todas las cosas del mundo; ejemplo: para mí, el clima está frío y la sopa de cebolla es deliciosa; para alguien más el clima es tibio y la sopa de cebolla sabe muy mal (yo soy la medida de lo que es frío y de lo que es delicioso; y otros también lo son). Muchos años han pasado, pero aún podemos percibir la influencia protagórea en nuestra vida del diario en aspectos como el arte; ejemplo: a mí me puede parecer que la obra de Frida Kahlo es bella, pero a mi vecino le parece que es fea; pero como mi vecino no puede percibir lo mismo que yo percibo (literalmente hablando, cada quién percibe sólo lo que cada uno mismo percibe, y nada más), entonces no hay de otra: tanto es verdad que la obra de Frida Kahlo es bella (para mí), como que la obra de Frida es fea (para mi vecino). Con el mismo espíritu se acostumbra opinar sobre la literatura, la belleza humana, la religión, la política… Hasta existe una frase en la jerga popular relacionada con esto: “en gustos se rompen géneros”. Por eso, se dice, no es que yo esté mal o tú lo estés, los dos estamos bien, lo importante es tolerarnos.

Que nadie esté mal es el equivalente de que todos estamos bien, es decir, todos decimos verdades (o al menos esa es la idea de fondo). Sin embargo, aunque en teoría queremos convencernos de esto, en la práctica nos damos cuenta que se contradice esta convicción: si la obra de Kahlo es bella para mí pero no es bella para otros, ¿por qué me afanaría en convencer a esos otros de que se equivocan, de que juzgan mal la obra de Kahlo? Ése es el detalle: si ya se aceptó antes que nadie se equivoca, entonces no se trata de descubrir la verdad sobre la belleza y genialidad en el arte (porque no hay una sola verdad, sino que hay tantas como tantas personas en el mundo); ahora todo se trata de defender mi verdad (por muy gracioso que esto suene). Todo se resume, pues, a mera retórica, a ver quién puede dar los argumentos más impresionantes e irrefutables (sin importar si estos son falsos o verdaderos). A veces, cuando las personas no son muy geniales en el uso de la retórica, o simplemente no tienen ánimos de darle muchas vueltas a las cosas, finalizan sus discusiones con afirmaciones del tipo: “bueno, ya, cada cabeza es un mundo”. Una persona con mejor retórica (o con más ganas de salir vencedor) no tira la toalla así de fácil.

Decía al principio que, cuando nos afiliamos a la tesis protagórea y procedemos con actitud de Eutidemo (confundiendo las conversaciones con luchitas de argumentos), resultan implicaciones pedagógicas graves. ¿Por qué? Porque, convencidos de que lo importante es ganar una discusión nos privamos de la experiencia del aprendizaje. ¿Qué tal si esa persona que quiero refutar en realidad está queriendo mostrarme un conocimiento que aún yo no tengo? ¿Qué tal que no todos están afanados en refutar a los demás? “No, esto no puede ser así, seguro lo que éste quiere es ganarme” se contestaría a sí misma una persona amiga de Protágoras (como las que más o menos piensan por medio de falacias del tipo “¿cómo vas a opinar tú de las mujeres si eres hombre?”, “¿cómo vas a querer enseñarme el Papa sobre familia e hijos si nunca los ha tenido?, o “si no apoyas al movimiento, lo más seguro es que estés en contra”). Así, con esta actitud convencida de que lo importante es ganar una discusión, ¿cómo va a autoexaminarse una persona?, ¿qué tal si es el caso que yo, por ejemplo, sé muy poco de apreciación artística, y en mi afán de defender mis argumentos (mis verdades) me privo yo mismo de vislumbrar que estoy diciendo incoherencias, y ya no aprendo nada?

No parece que el diálogo Eutidemo sugiera conclusión alguna con relación a este problema. En su lugar, Sócrates menciona ciertas paradojas que emanan de tal actitud, como para que las examinemos. Todas las paradojas están relacionadas con lo que Sócrates entiende como “traer consigo su refutación”: cuando alguien cede y acepta que no hay una verdad, sino que, porque si se ve de tal o cual modo todos los argumentos son verdaderos, entonces yo puedo sostener que tu argumento es falso (y esto es verdad para mí), de modo que tu argumento sería falso y verdadero al mismo tiempo, lo cual es absurdo. Otra paradoja es que, si no existe la verdad sobre un asunto o tema, sino que hay tantas verdades como personas, entonces nadie actúa mal; por ejemplo, no es que alguien sepa vivir mejor que los demás; todos sabemos vivir bien; pero en los hechos se nota que no todos sabemos cómo superar ciertas etapas de la vida (un ejemplo de ello es una visita médica: vamos al médico precisamente porque aceptamos implícitamente que el médico sabe mejor que nosotros qué debemos hacer con nosotros mismos cuando nos duele esto o aquello). La paradoja más divertida que enuncia Sócrates es la aniquilación de maestros: si todos estamos en lo correcto, no necesitamos aprender de nadie (cada quién se es suficiente a sí mismo), y si no necesitamos aprender de nadie, ¿para qué queremos maestros?, ¿para qué queremos a Eutidemo y a Dionisodoro?

El diálogo es muy preciso con la revisión de las falacias. Algunos estudiosos, como F.J. Olivieri, sugieren que Aristóteles realizó las Refutaciones Sofísticas con base en el Eutidemo. A otras personas (como a Friedrich Ast) les ha parecido que el diálogo es apócrifo, pues es tan desenfadado, tiene tantas aseveraciones absurdas, tan poca regularidad y tiene tantas bromas por parte de los personajes, que no lo conciben como obra del gran maestro que fue Platón. No es tan importante creerle categóricamente a uno a otro, como en cambio sí lo es el darse la oportunidad de examinar (examinarnos) en el arte de la conversación. Quién sabe, en una de esas quizá algo aprendamos.

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Mifune

Mifune

Licenciado en Filosofía por la UNAM, certificado en gestión de contenido para plataformas e-learning, editor, ensayista y frecuente lector de filosofía antigua.

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