Pienso que Dios, artesano, no fue gratuito al poner las montañas en el paisaje. Nos dio una forma para acercarnos a él, para picarle la nariz. Si escalamos la cima, nuestros ojos son los ojos con los que Él nos devora. Una vez, recuerdo, fui Dios. Llenamos la cantimplora de agua y las mochilas de comida y nuestro padre nos llevó al Cerro de Guzmán, nos tomó una mañana llegar a la parte más alta; quizá caí muchas veces, quizá me cansé de más, quizá… pero ya no me acuerdo de todo. No recuerdo el camino pero sí que vi el pueblo desde lo alto, desde ahí se veía el mundo, dije —pero es que en ese tiempo el mundo no era tan grande como ahora—. Cambiar el punto de vista hace que las cosas sean otras cosas.

He tenido libros guardados en el librero como si fueran grandes montañas, montañas en las que se exige más que fe para moverlas. Uno no dice de un día para otro «vamos, lleguemos a los Alpes y gritemos una tontería», no sólo es un capricho: es una meta para la que se necesita prepararse; partirse, incluso, algún hueso de vez en cuando. Y no se inicia por el Éverest, hay que subir primero a metas pequeñas para lograrlo; otras veces, también, ya iniciada cuesta arriba, hay que tomar el saco de dormir y regresar para volver otro día con mayor determinación; otros mueren o nunca lo logran o nunca lo intentan. Algún día escalaré el Ulises y me encabritaré desde la cima.

Cada nación tiene sus cumbres. Aquí tenemos a Rulfo, a Reyes y al Pico de Orizaba. Cada montaña es, además, una leyenda. Se dice que el Pico de Orizaba fue un águila que, en su dolor por la derrota de una amiga, se elevó a lo más alto del cielo y se dejó caer, formando un volcán. El cerro de mi infancia también tiene su leyenda. He oído cosas increíbles de hombres como Homero o Shakespeare, no cualquiera sube a sus hombros. Qué se sentirá, quiero saber —yo, que me lastimé la rodilla con la más breve de las fábulas de Esopo—, llegar a la parte más alta de un país y mirar todo desde ahí. Dicen que desde el Éverest se ve la curvatura de la Tierra. Tampoco sé qué se siente crear montañas a voluntad; tomar la arcilla y, como si fueran hombres, crear cerros, volcanes, cordilleras. No entiendo a Cervantes y a Dante, fueron Dios y se retiraron a la tumba.

Jesús González Mendoza

Jesús González Mendoza

Michoacán, 1994. Ni picha ni cacha ni deja batear. Escribidor y prostituto, gana poco pero es feliz. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Letras de la UMSNH. A los tres años mató un pollo. Escribe porque no sabe bailar ni tocar guitarra.

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