Rápido aprendí que construir una casa no es fácil, menos cuando la quieres en un árbol; aun así, junto con mi hermano, hicimos el piso; después, sin tener las paredes, porque no entendíamos de órdenes ni de estática, construimos el techo. Tuvimos nuestra casa del árbol y fuimos la envidia de los vecinos. La construimos con láminas sobrantes y nos adueñamos de dos árboles que nos sirvieron de cimientos. La fuimos amueblando poco a poco y la reforzamos para que resistiera a los huracanes y a los ladrones. Nunca le pusimos televisión porque éramos niños y más pobres que ahora y poco nos importaban las noticias. Queríamos regresar en la noche a dormir con nuestros padres. Un día decidimos que habíamos crecido: no volvimos a jugar en esa casa, su edad de oro había pasado y la dejamos caer en decadencia. Unas gallinas se hicieron de ella y pronto la llenaron de nidos y de huevos que después nos servían como alimento. Sabíamos que nuestra casa del árbol había perdido su importancia. Nuestra casa del árbol había sido una nación invadida por seres que no la amaban, seres que la fueron pudriendo desde adentro. Una mañana ya era inhabitable, sus paredes ya no resistían más huracanes ni más ladrones. Nuestro padre nos dijo que tendríamos que echarla abajo. Destruir una casa no es fácil, eso lo aprendí después. Le pusimos una bomba atómica y la volamos en pedazos.

*

Mis problemas empezaron con las tablas del seis y del siete. Mi problema no era con los números sino con sus nombres. Los sonidos se confundían. Sabía que uno era el seis y el cero y el otro, el siete y el cero. No podía nombrar las cosas, las veía tan cercanas pero imposibles a la carne de mi lengua que se hacía pedazos por alcanzar el seis y cero, el siete y el cero. En las horas de recreo me quedaba hasta tarde sin salir al patio porque era el estúpido que tuvo que elegir entre ser estúpido con los números o con las palabras. Por eso es que mi primer beso llegó tarde; por eso es que nunca metí un gol ni compartí el almuerzo con la niña bonita del salón de al lado.

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Yo quería llamarme como mi abuelo. Le preguntaba a mis padres que dónde podía comprar los nombres; me decían que en la tienda, donde me decían que se les habían acabado los nombres de mi abuelo, que fuera a otra tienda. Anduve de tienda en tienda buscando el nombre de mi abuelo: nunca lo encontré. Mi padre, cuando habla de su padre, dice “mi padre es un roble”. Yo no lo digo pero mi papá también es un roble, un roble grande que talé para construir mi casa del árbol. Después me di cuenta de que me llamaba igual que mi abuelo, pero que mi nombre no tenía las mismas notas ni los mismos matices; que tendrían que pasar varios años para llamarme así, esperar a que me creciera el bigote, construir muchas casas y tener hijos y después nietos.

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Jesús González Mendoza

Jesús González Mendoza

Michoacán, 1994. Ni picha ni cacha ni deja batear. Escribidor y prostituto, gana poco pero es feliz. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Letras de la UMSNH. A los tres años mató un pollo. Escribe porque no sabe bailar ni tocar guitarra.

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