Si detenemos las alas de un colibrí, muere. Nunca está quieto. Para dormir, entra en una falsa muerte. Su necedad por moverse de un lado a otro es una trampa mortal. Nada más triste, porque uno quisiera acercarse lo suficiente a esos pequeños juguetes para observarlos con detenimiento, acariciarles las plumas o medirles el pico —pequeña chirimía sin intérprete—; sorprendernos de lo diminuto que puede ser todo, que en esa miniatura cabe un cerebro y un corazón, que ahí también cabe el mundo. No he tenido la suficiente suerte para ello. Yo he pensado que un colibrí anida en mi interior. «El poeta es igual al príncipe del cielo/ que al arquero y al viento feroz sabe burlar.» Lo he visto… de niño, cuando me sentaba a esperar a que llegara uno de esos pajaritos a polinizar en la camelina del patio de la casa donde crecí; me sorprendía su vuelo, envidiable para las demás aves: relámpago y acrobacia; he oído que pueden volar panza arriba, nunca sospeché tanta vanidad en las aves; además, ningún otro vertebrado puede mantenerse en vuelo en un punto fijo, descansar en vuelo, hacer el amor en el aire. Cuando escribo, soy un colibrí; vibro y no puedo detenerme, mi pecho se acelera hasta las mil pulsaciones por minuto y necesito palabras, palabras como alimento y no parar nunca; vivo al límite, a cada minuto quiero morir pero me resisto; quemo tanta energía que todo el tiempo preciso más alimento para no caer. Entre más escribo, más necesito de la lectura, de las palabras. Y, cuando leo, como alguien que toca a la puerta, una taquicardia me para de la cama y me manda a la página virgen. Pero si dejo de escribir, muero, o me sumo en un sueño cercano al silencio.

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