Por Guillermo Fernández

I

Vivía con mi esposa desde siempre en un sector cercano al campus, un sitio que por tradición era la zona más habitada por los profesores de la universidad. Amaba mi labor de catedrático en la Facultad de Lenguas y Letras, y había aprendido a ir tirándole con mis escritos, en mis tiempos libres, cuando no debía corregir exámenes ni presentar libros de nadie.

Había adquirido notoriedad por escribir con mesura y nitidez (yo mismo ofrecía el curso de Composición Literaria), a tal punto que se discutían algunas de mis publicaciones. Esta fama no sobrepasaba el radio de los corredores de la Facultad o alguna que otra reunión donde un profesor me reconocía por lo que había dicho otro en una charla sobre estilos literarios locales. Era una fama sencilla.

Recuerdo la sorpresa que despertó uno de los poemas que dediqué a la risa de mi mujer en el último libro. Esa forma de comparar su risa con aguas turbulentas que se desataban por su cuerpo, mientras que yo, como salmón crispado, me sentía llamado a dominarlas con mis coletazos ardientes, había provocado la fruición de algunas de las académicas más conservadoras.

Así iba mi mundo, sin muchas alteraciones, hasta que apareció Antonio Olivares, un joven recién incorporado al medio. Todavía recuerdo, cuando me lo presentaron, su larga sonrisa mientras sus ojos me contemplaban con una insistencia incómoda. No me pareció una eminencia, como algunos habían inferido por su innegable buen currículum, sino un hombre con cierto vicio oculto.

Lo traté a distancia. Mi corazón me decía que podía morder en cualquier momento. Con los intelectuales nunca se sabe. Su arte de hacer la guerra rebasa en efectividad a los caníbales.

Mi vida prosiguió con flujo de conferencias y presentaciones de libros. Reconocí que los atributos dados a Antonio no eran tan exagerados y que el joven pasaba la mayor parte del tiempo tratando de adaptarse al rol de nuestra facultad, cargada de obligaciones burocráticas. Solo los sobrevivientes podíamos cantar victoria el día de hoy. No así los nuevos, que debían esperar años para acceder a un puesto de medio tiempo después de otros años aguardando una plaza fija.

II

Un día Olivares me invitó a beberme un café. Quizás ya se había dado cuenta por los demás colegas que yo no era el apolillado profesor que solo discute las obras de otros, sino un verdadero escritor. En el ámbito del café, un rinconcito donde los estudiantes de Lenguas y Letras comen tosteles y arreglados de carne para engañar el hambre de la jornada, mi joven colega me declaró sus pasiones literarias. También me habló de un codiciado libro que esperaba aún escribir. ¡Vaya proyecto! Le di los consejos que me sabía de memoria para jóvenes enamorados de la literatura (diletantes que uno ve pulular a borbollones), y me vi entonces hablándole de mis propios libros e inquietudes en torno al quehacer más apasionante del mundo.

Antonio me escuchó sin hacerme preguntas claves. Eso fue extraño. Esas preguntas que uno espera de los más jóvenes cuando se les ofrece alguno de los secretos más queridos por nosotros no se hicieron oír en su boca. En ningún momento me interpeló por mis motivos, tan esenciales en la literatura, ni tampoco me investigó cuando le dije que prefería más ser conocido en mi universidad que en el resto del planeta. Me pareció también una anomalía que no compartiera conmigo el mismo entusiasmo cuando le leí el poema a la risa de mi mujer, el cual –repito–, ha causado muchos comentarios generosos. Más empeñado estaba mi interlocutor en responder con asentimientos, monosílabos, interjecciones. Esos que odio de la gente y que no pueden provenir de un intelectual que se respete.

Me apuré, posteriormente, en hacer volar la noticia entre mis colegas más viejos de que el joven era solo un conversador frívolo, que nos traía la misma fiebre de oro literario de cualquier estudiante de filología. Desde entonces, cada vez que lo veía en el café o me tocaba dirigirle la palabra, hacía un esfuerzo para no reírme solo.

La amenaza que había sentido por el joven, con toda honestidad, se fue hundiendo en el mar de las semanas bulliciosas del campus. Volví a mi saludable itinerario, y supuse que la edad me estaba jugando algunas trastadas.

III

Una tarde que volvía a mi casa, vi a Antonio merodear por el barrio. Su presencia allí no dejó de asombrarme. Más sorpresa aun me causó verlo dirigirse a un hotel de la zona, contiguo a la casa donde yo vivía, abrir la puerta e introducirse con toda propiedad en el inmueble. Hasta ahí me llegaron las ganas de ofrecerle un saludo. Me hice un ovillo de silencio adentro de mi automóvil. ¿Había alquilado una habitación? Y de ser así, ¿por qué me sentía tan alterado? ¿No abundaban en ese perímetro casas de huéspedes para profesores? ¿No había decenas de ellos conviviendo en cualquier cuadra? La remota posibilidad, sin embargo, de que Antonio fuera a introducirse al residencial donde yo vivía me hizo sentir como si mis huesos se despegaran un minuto de sus coyunturas.

Esa tarde me fui directamente a la cocina a prepararme esa infusión de hierbas que mi mujer utiliza para sus malos ratos. Al verme sentado a la mesa, pensativo, me preguntó si había contraído una gripe. Tal vez sí, le dije mirándola con cierto aire indefenso.

Horas después, ya con mi mujer en la cama, aparté de mi mente la imagen de Antonio abriendo la puerta del hotel. Le conté todos los chistes que me sabía –chistes de los muchos que se propagan en nuestro grupo para que la seriedad vetusta no nos convierta a destiempo en árboles resecos–, y provoqué su risa con miedo de que le produjera un ataque. De inmediato pasamos al poema del salmón y las aguas.

Al otro día desayunamos recapitulando el fuego de la noche anterior y nos dijimos que así deberían ser todas las noches de nuestra existencia. Entre sonrisas y comentarios picantes, volví al dormitorio por el libro que había estado leyendo en una de las repisas, y me entró la curiosidad de asomarme por la ventana.

La ocurrencia, además de extraña para mí –tan discreto soy con los vecinos–, me hizo respirar el aire tibio de esa hora. Observé que el costado del hotel no era más que un paredón tosco. Observé muchos detalles de ese inmueble que siempre había tenido en mis propias narices, sin ser muy consciente de su presencia. (A tal punto nos consume la obviedad en ocasiones. A tal punto se vuelve un campo desierto nuestro alrededor si no enfocamos el ojo de nuestra cámara espiritual).

En eso estaba, es decir, pensando en la cámara espiritual y esas tonterías que se me vienen a veces a la mente, cuando de hecho percibí que estaba siendo observado desde algún rincón del hotel. Cuando busqué por toda la estructura, solo me topé con un muro tosco y hermético. De inmediato pensé en Antonio. ¿No lo había visto entrar al edificio? ¿Estaría yo buscándolo en forma inconsciente? En ese momento no lo sabía.

IV

A la semana llegó a mis manos la revista Orfeo, publicación mensual de la Facultad de Lenguas y Letras, y dentro de ella la primera parte de un cuento firmado por Antonio Olivares. Me senté a leerlo, desconfiado, en un parquecito con cipreses que rodea el edificio donde daba mis clases.

La narración versaba sobre Ramiro Pérez, académico joven que andaba en busca de temas para escribir. Vivía enfermo por su impotencia. Detestaba a quienes podían escribir a pesar de que les pedía consejos. Detestaba sobre todo a un colega llamado Víctor Castillo que se ufanaba de unos poemas cursis escritos a su esposa. El retrato que había hecho del hombre era cínico. Se mofaba de él. Se reía de la forma en que expresaba su vasto conocimiento. Lo consideraba una rémora intelectual que debía morir cuanto antes para que vinieran cambios en el mundo.

Un día se pasa a vivir a un hotel y descubre, por azar, que Víctor Castillo vive en la casa vecina. Se siente perplejo. Su odio lo ha llevado hasta él. Se deprime. Piensa que la vida es una tragedia. Durante la noche –en la que no puede escribir nada, como siempre le ocurre–, se asoma a través de la ventana y mira la silueta de Víctor en el interior de su dormitorio. Siente que debe cambiarse de hotel. No es posible que la vida le juegue esas bromas.

Antes de cerrar la cortina para siempre, descubre que el hombre de letras dialoga con alguien más. Piensa en los poemas que Víctor le ha escrito a su idolatrada mujer. Los afectados poemas de los que presume. Sin embargo, la mujer no aparece en la habitación. La mujer está ausente. Lo mira reír solo. Lo mira acariciar a un fantasma. A los minutos, anonadado, lo observa desnudarse y fingir el acto sexual con los edredones de una habitación en penumbras.

Al principio, Ramiro siente lástima por Víctor Castillo. Piensa que jamás terminaría así. Que la vida ofrece soluciones tristes a algunos hombres. Supone que Víctor Castillo delira. Que sus poemas son garzas de porcelana. Pero con el pasar de los días, Ramiro piensa que Dios o el diablo lo han llevado al sitio correcto. Que ante su impotencia como escritor las fuerzas cósmicas le han ofrecido una historia singular, tragicómica. Una historia que puede ser entendida por una sociedad falsa que también finge como Víctor Castillo.

La trama, bien escrita, no dejaba de ser un bodrio literario que me sonaba a refrito. Su velada referencia a mí logró alterarme. Sentí que algo de mi vida se había abierto al mundo y que había un ojo malicioso sobre mis actos más vanos. Antes de buscar a Antonio y estrellarle la revista en la cara, supe ese mismo día que a mis colegas les había parecido astuto. No solo astuto, ¡sino ingenioso y divertido! Así que cualquier represalia habría sido contraproducente. Muchos me habrían tachado de envidioso. Algunos se hubieran conformado con ver en mí un síntoma de megalomanía.

La celebración que hicieron mis colegas del cuento de Antonio me indignó sobremanera. Había que considerar sin embargo el mundo frío y sin bondad de la mayoría de ellos. En las noches, el simple sonido de unas botas sobre las aceras los puede hacer despertar con ideas de suicidio. Algo así como una lata de cinc moviéndose por la acción del viento, los puede excitar a que huyan de sus teorías falsas sobre la vida, el amor, el sexo, temas de los que nada saben realmente.

La situación al fin y al cabo me produjo una gastroenteritis. No podía desembocar en otra cosa. El médico me exigió menos estrés y más licuados de papaya. Yo hubiera agregado también menos amor a la literatura y menos odio a los diletantes. Duré varias semanas comiendo como un pájaro y escabulléndome de un nombre que empecé a temer: Antonio Olivares. Mi mujer me reprochó cambios de actitud inusitados. Sus finas batas nuevas no lograban despertar mi deseo. Las películas calientes me hacían dormir como un niño.

El día que me sentí como nuevo, volví (por masoquista que soy) a leer el cuento de Antonio. Menos débil ante su éxito, confirmé de nuevo que se le había ido la mano conmigo. Se había convertido en mi voyerista. Había penetrado mi ventana. Había inventado que mi mujer era irreal y que yo copulaba con una cama. Se había tomado el tiempo para vernos, a mi esposa y a mí, en la más completa intimidad. Su mente torcida había ofrecido una historia pueril. ¡Y me había utilizado! Investigué en la secretaría de la Facultad el domicilio de Antonio y confirmé que en efecto era mi vecino. Quizá llegaba muy tarde y no lo había vuelto a ver. Era seguro sin embargo que estaba a muy pocos metros de donde me encontraba yo en las horas de descanso.

Durante las siguientes noches, dormí con el ojo puesto en la ventana del dormitorio, no porque sea paranoico, sino porque sabía que del otro lado estaba Antonio escribiendo tal vez la segunda parte del cuento. Le dije a mi mujer que pusiera cortinas más gruesas. Tendía a ser más silencioso. Hasta masticaba muy cauto los alimentos de la cena y tenía mucha inquietud cuando entraba al baño.

Una madrugada, me levanté con la sensación de que la vida me estaba pesando sobre la cabeza. En eseimpasse, entre la vigilia y el sueño, donde muchas veces sentimos la inutilidad de todo, la absoluta falta de belleza que nos recubre en nuestro afán diario, me fui directamente hacia la ventana sin pensar en Antonio. Solo deseaba un poco de aire fresco, de aire que no estuviera viciado por el pasado o el futuro o el presente. Un aire intemporal cargado de aroma a tierra, flores, aguas.

Asomé reconociendo en el cielo una luna llena que se remontaba sobre quietas nubes. Suspiré cerrando los ojos, como si esperase el beso de alguna de ellas, o de esa brisa que no existe en la ciudad, y que se requiere de una forma especialmente urgente, la brisa que nos lave de nuestras angustias.

La masa del hotel, parecida a un cráneo donde se abrían boquetes translúcidos y ahogados por la tiniebla, no mostraba un solo signo de vida. Pero de nuevo me sentí observado.

V

Los exámenes finales en la universidad me consumieron en lo que yo siempre he sentido como un trabajo de bestia de carga. Cientos de exámenes que debía corregir y miles de respuestas de chicos y chicas que apenas logran enhebrar una frase coherente, en un mar de balbuceos sin orden ni lógica. Me concentré en mis tareas, esperando que el afán me alejase la imagen peligrosa que había adquirido Antonio para mí. Y claro que no pude hacerlo.

Más tarde tomé la decisión de enfrentarlo sin recriminaciones. En la Biblia leí que el perdón redime. A Kant le parecía que la buena voluntad estaba por encima de los talentos del espíritu y de la naturaleza.

Como cabía a un discreto escritor que algunos respetaban (los suficientes, nunca escribí para los millones que me considerarían aburrido, intraducible, demasiado culto, y todas las objeciones por las que nunca seré conocido ni en esta tierra ni en otra), ideé la forma para que Antonio me resultara más amigable (¿no era mi colega?, ¿no escribía cuentos como yo?), y lo invité una noche a beberse unas cervezas en los bares saturados de la periferia del campus. Aceptó con evidente recelo. Creo que había previsto todas mis reacciones. No me tenía temor.

Entramos a un bar concurrido. Bebimos varias cervezas mientras hablábamos de asuntos laborales. Me costó introducirlo hacia el tema de la literatura. Lo felicité por la primera parte del cuento. Le dije que me había gustado el personaje central. También le enfaticé que era algo inverosímil. Nadie podía ser como Víctor Castillo. Mi observación lo hizo ver con zozobra el piso de la taberna. De pronto dijo que ya estaba por terminar su libro de cuentos y que desde luego había aprendido de mí a estructurar algunas escenas y a fijarse en situaciones que hubieran pasado por detalles sin importancia. Cuando le indiqué que conocía el sitio actual donde se hospedaba, lo vi nervioso. Le dije, jugando al inocente, que se había mudado a un barrio sumamente apacible. Al decir apacible busqué de inmediato su reacción y en efecto optó por mirar hacia una mesa donde dos chicas hablaban de ecología con otros dos chicos. En ese instante quise decirle que no lo despreciaba por voyerista, sino por mediocre. Esperaba ofrecerle mi perdón. Estaba seguro que se podía negociar con él. Incluso deseaba saber si había escrito la segunda parte del cuento.

–Aún no –me dijo cuando lo interpelé.

–Tal vez necesita ver más por su ventana del hotel. Afuera están las historias –le dije irónico.

–Todo está en mi cabeza –mintió con cierto aire avergonzado. En el fondo sabía que yo lo había descubierto y que ahora era el blanco de mi rencor–. La realidad no me dice nada –dijo calando el cigarro.

–No estoy tan seguro –le dije.

–¿Qué quiere decir? –me amenazó con aire de autosuficiencia.

–Nada por ahora.

La reunión terminó sin sobresaltos. Llovía esa noche. Me pidió que le diera un empujón en mi automóvil.

–¿No quiere que lo lleve al hotel? –le pregunté ansioso.

–No dormiré esta noche en el hotel, gracias –exclamó.

Al rato de conducir unos minutos, pensé que había sido un cobarde. Sabía que Antonio era un maldito. Pero a veces la inmundicia de los demás nos paraliza. Consciente de que no había logrado nada esa noche, me dirigí con gran tristeza hacia mi casa.

VI

A los ocho días después de esa reunión me llegó el siguiente número de la revista Orfeo con la segunda parte del cuento de Antonio. Me lo dio el mismo editor en uno de los senderos de la universidad, mientras me invitaba a seguir publicando mis narraciones. Se lo arrebaté de las manos y me dirigí a la biblioteca donde encontré un sombrío rincón lleno de libros en reparación. Me senté en la banquita que utilizan las bibliotecarias para ordenar libros en los estantes más altos, mientras me secaba las gotitas de sudor de mi frente. Requería una extrema intimidad en la lectura. Y tenía vergüenza de ser visto.

En la continuación del cuento, Ramiro Pérez publica la historia sobre Víctor Castillo en una revista de la facultad donde ambos laboran. Este último entiende que Ramiro ha estado espiándolo desde el hotel. Que su intimidad ha quedado develada para todo el universo. La reacción del hombre que sueña con una mujer fantástica es inminente. Víctor invita a Ramiro a beberse unas cervezas en un bar próximo a la universidad. En medio de la charanga, planea meterle varios tiros en la cabeza. Allí donde se fabrican esas historias. Sin embargo, una vez frente a su enemigo, no sabe cómo proceder. Sus manos se vuelven de gelatina. Reconoce que es impotente ante el escritor y que ya está derrotado. El final del cuento toma un rumbo sorpresivo. Antonio Olivares afirma que Ramiro Pérez merecía la muerte porque carecía de caridad. Era más enfermo que el propio Víctor Castillo. Aquí la historia dejó de ser divertida. Ahora Ramiro era el hombre insensible, el pérfido. Víctor Castillo era solo un poeta demencial.

Pensé, arrugando la revista con mis manos, que Antonio era consciente de lo que había provocado en mi vida. Su apelación al crimen era un desafío. ¿Esperaba que lo matase? A todo esto lo que percibía era una burla, una gran burla contra mis poemas amatorios. Era un hecho que Antonio Olivares era un hombre cruel. Una bestia.

Sentí de nuevo la embestida de la gastroenteritis. Pero esta vez no iría al médico. Hui de la universidad como se huye de un callejón lleno de miradas sucias.

Anochecía en mi barrio cuando llegué. Miré el hotel donde se hospedaba Antonio Olivares y me sentí llamado a investigar su habitación. Sé que podría destruir su computadora y algo de valor que lo hiriera. Tal vez sus libros de consulta. Sus autores predilectos. Tal vez escribiría una tercera parte sobre el académico loco. Y el académico loco era yo, Joaquín Fernández.

Cancelé mi deseo de venganza por ahora. Estaba muy confundido. No sabía cómo proceder con tal muestra de perversidad. Llevé a mi mujer el panfleto de Antonio y le dije lo que me estaba sucediendo. Cuando leyó el cuento, se dejó caer sobre una silla de la cocina.

–¿Y desde cuándo escribe sobre nosotros? –me dijo consternada.

–Esta es la segunda parte del cuento.

–Nos descubrió –dijo levantándose con más fuerza. La vi quitarse el delantal. Me sentí por completo un desgraciado.

–Pronto buscará otros temas –le dije.

–En el cuento te convierte en posible homicida. Tu colega desea la muerte –me sentenció. Esas fueron sus últimas palabras antes de subir por las escaleras.

Como cabría de esperar que lo hiciera, la seguí hasta el dormitorio. La encontré tendida sobre la cama.

–Quedate conmigo y lo mataré –fue la promesa temblorosa que oí decir a mis labios.

–Es muy difícil, Joaquín, ya no somos secreto. Vos sabés que el secreto me mantenía viva.

Sobre el autor. Guillermo Fernández nació en el año 1962, San José Costa Rica. Es autor de los géneros de poesía, cuento y novela.

Se graduó en Licenciatura en Filosofía de la Universidad de Costa Rica. Sus libros publicados: La mar entre las islas. Editorial Costa Rica, 1983; Atrios, Editorial Costa Rica, 1994; Estocada final, Editorial Costa Rica. 1997; Para días posibles, Editorial de la Universidad Nacional, 1997; Danzas. Editorial de la UNED, Universidad Estatal a Distancia. 2002. En cuento: Efecto invernadero, Editorial Costa Rica, 2001; Hagamos un ángel (Editorial EUNA; 2002); Tu nombre será borrado del mundo (Editorial Arboleda). En novela: Babelia, Editorial de la Universidad de Costa Rica (2006); Nebulosa.com. Editorial Costa Rica (2007); Ojos de muertos (Uruk Editores, 2012).

Ha sido profesor y editor. Actualmente trabaja como consultor en capacitación. Escribe comentarios de libros y otros temas en diarios y revistas.

Ha recibido algunos reconocimientos como el Premio Joven Creación. 1982; Premio 59º Juegos Florales de Guatemala. 1997; Premio Nacional de Poesía Aquileo J. Echeverría. 1997, Premio Nacional de Cuento, 2013.

 

Ilustración de Mario Maplé. Sigue su trabajo en su página.

(Visited 1.528 times, 1 visits today)
La Marabunta

La Marabunta

Revista Marabunta es un espacio web para la publicación e intercambio de contenido literario y artístico. Somos una organización sin fines de lucro (por ahora) y autogestionamos nuestro trabajo para acercar al público una experiencia cultural diferente. Las opiniones vertidas en cada artículo y los comentarios que le retroalimentan son responsabilidad del autor o persona que los emite, así como el material visual (expcepto las ilustraciones de uso libre y de arte universal). Para cualquier comentario, duda, queja o donación (de cualquier tipo) contacte a la mano que mese la cuna en contacto@revistamarabunta.com

Otros textos

Comentarios

comments