Durarán más allá de nuestro olvido;

no sabrán jamás que nos hemos ido.

Jorge Luis Borges

 

Hay ancianos que se llenan de gatos. Caminar en esas casas es complicado; en cualquier momento, te puedes topar con uno de esos felinos y pisarle la cola. Ocupar un sillón se vuelve imposible; habría que pedirle permiso al gato que ya lo habita, y nos da pena molestarlo, se ve tan cómodo ahí echado que hasta da envidia. Los gatos exigen; el dueño —en realidad, ¿quién es el dueño aquí?— se tiene que sacar el bocado para comprarles el alimento; no puede salir de vacaciones porque no hay a quién encargarlos. El ambiente cambia y no es el de una persona sino el de un gato; los olores que reinan el lugar son los de sus mierdas, y sus pelos se encuentran al sacudir la ropa y abrir la alacena. En ningún momento el anciano dice ya es suficiente, ya estuvo bueno, ya dejaré de adoptar gatos y tiraré unos cuantos a la calle, ya tengo demasiados, es hora de que cambie afición. No. Sigue creciendo el número de habitantes de esa casa. Ya los vecinos se dan cuenta, acusan de loco al viejo y a sus hijos les prohíben acercársele. «Hijo, si no te portas bien, el loco de los gatos te va llevar.» Los niños crecen atemorizados y en esa persona depositan todas sus inseguridades; algún valiente —porque nunca faltan los valientes de la infancia— toma una piedra y estrella los vidrios de esa casa y se yergue como héroe ante la vecindad. Ha redimido sus miedos.

*

Ayer fui a la librería a recoger un altero de libros que había encargado. Durante el camino de regreso, esperaba ansioso, no veía el momento de llegar y quitarles el emplayado para poder hojearlos, para poder leerlos. Cuando por fin llegué, los puse sobre mi cama y no pude evitar empezar uno, y no lo dejé hasta que lo terminé. Después, me asomé al librero para ver cómo los acomodaba y me di cuenta de que ya no tenía espacio, que ya estaba lleno, que me había llenado de libros —«No de balde/ los libreros aumentan:/ maderos y maderos/ y lomos y acomodos.» (Alejandro Aura)—. Mi impacto fue tal que tuve que salir de la casa para pensar en ello. Di unas cuantas vueltas al parque que está enfrente y me senté a reflexionar. Me di cuenta de que mis vecinos me miraban de reojo y que los niños me tenían miedo; sorprendí a alguno intentando tirarme una piedra, pero logré intimidarlo. Mejor regresé y me encerré. Ya adentro, caminar era complicado, me encontraba con torres de libros por aquí y por allá, el ambiente era frío y olía a ese hongo característico de los libros viejos, empezó a irritárseme la nariz y a llorarme los ojos. Quería sentarme pero no había dónde. Ya, al final del día, cansando, quise ir a dormir. Me fui a la cama y ahí seguían mis libros, así me acosté, pero sin hacer mucho ruido, porque se veían tan cómodos que no quise molestarlos. Por un breve momento pensé que debería cambiar mi afición a los libros por algo más sano, pero al instante abandoné esa idea, porque, cuesta aceptarlo, ya estoy bastante viejo para eso.

Jesús González Mendoza

Jesús González Mendoza

Michoacán, 1994. Ni picha ni cacha ni deja batear. Escribidor y prostituto, gana poco pero es feliz. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Letras de la UMSNH. A los tres años mató un pollo. Escribe porque no sabe bailar ni tocar guitarra.

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