Me aburro fácil. En mis clases, soy un verdadero dolor de muela para mis profesores y compañeros: me muevo de un lado a otro, digo algún chiste tonto, interrumpo la clase. No hay nada más insoportable que estar sentado en una butaca sin hacer nada. Algunos me aguantan y otros me piden, de la forma más amable, que me retire del salón. Soy incapaz de mantener una conversación prolongada porque termino por pararme para iniciar otra con alguien más. En las fiestas, ando de un lugar a otro. Trato de andar con todos y termino con nadie. Y no es algo con lo que esté contento; pero soy demasiado necio. No veo futbol porque, entre otras cosas, es algo que requiere seguir algo, poner la atención en algo; hay que conocer los equipos y los jugadores que los integran; ver más de un partido, y eso es lo que me parece insoportable: que no exista la autonomía. Nunca he terminado de ver una serie de televisión por lo mismo: hay que seguir un personaje, tomarle cariño; entender una historia y ver cómo avanza poco a poco. El mundo gira tan lento y yo tengo ganas de rascarme la panza. Nunca pertenezco a algo: veo cómo los demás conviven en discusiones sobre el próximo capítulo de la serie de moda. Inicio la lectura de alguna novela de más de trescientas páginas y soy capaz de leer las primeras cien de una sentada; después, al día siguiente, vuelvo; tomo el libro y lo miro desde todos los ángulos, no entiendo cómo hice para avanzar tanto; pienso: «Sólo me faltan dos terceras partes; si sigo a este ritmo, lo terminaré en dos días». Pero no es así. En ese día, sólo leo unas veinte páginas, y así, al otro, sólo diez. Hasta que faltan unas cincuenta y me desespero y lo abandono en el librero con el separador puesto. Quizá haga una interrupción para leer una novela corta o algún cuento y me diga «después regresaré a terminarlo», pero mi desidia lo termina aplazando hasta que en mi memoria ya se confundieron los personajes y la historia. Es por eso que me gustan más los cuentos o la poesía; no te piden un compromiso más allá de dos horas, y, por ello, siempre los releo. (La literatura como amante.) Los géneros literarios deben ser cortos e íntegros, y eso no quita que en su totalidad sean un conjunto. Pero aquí también cabe otra posibilidad: que esté equivocado y que sea la hora de que madure y termine, de una buena vez, de leer El Quijote.

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Jesús González Mendoza

Jesús González Mendoza

Michoacán, 1994. Ni picha ni cacha ni deja batear. Escribidor y prostituto, gana poco pero es feliz. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Letras de la UMSNH. A los tres años mató un pollo. Escribe porque no sabe bailar ni tocar guitarra.

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