Por Mario Escalona

Conocí a Naomi en un taller de cuento de una famosa escuela de escritores en Guadalajara, a donde asistía con un amigo de antaño, Herranozki, mi copiloto en todos los asuntos referentes a la literatura y las juergas. Mi memoria es extraña y la fórmula que utiliza para elegir qué momentos conservar y qué momentos desechar permanece indescifrable para mí, lo cierto es que recuerdo con precisión de fotograma la salita sin chiste, los sillones cobrizos y acolchados, la mesa donde atendía la recepcionista y un estante repleto de revistas donde había innumerables ediciones de Letras Libres; fue en ese escenario donde apareció Naomi caminando frente a nosotros con prisa. Usaba una falda sobre leggings y un beret muy mono, indumentaria que me habría obligado a juzgarla como una hipster cualquiera sino hubiera sido por sus ojos verdes enormes y sus labios más enormes aún. Apenas la vi decidí que me iba a acostar con ella: el siguiente fin de semana, en dos meses, en unos años; el tiempo exacto no lo sabía, pero jamás me había asaltado una certidumbre parecida. Le informé de mi recién adquirida certeza a Herranozki con un mensaje de texto que decía algo así como acabo de ver a mi siguiente víctima, al cual Herranozki contestó con un escueto me lo imaginé que bien pudo haber sido un comentario condescendiente; nadie me conocía mejor que él y por lo tanto nadie como él sabía que yo por esos días era un aspirante barato a don Juan con el éxito innato de un neófito de la conquista: un éxito inexistente.

Durante la primera sesión del taller, mientras de la maestra emanaban sonidos sin forma, me entretuve mirando a Naomi de reojo, intentando ser lo más discreto posible, listo para desviar la mirada apenas ella volteara, evidenciando así mi poca experiencia en materia de seducción. El único momento en el cual las palabras dichas en el aula tuvieron algún significado en mi mente fue cuando Naomi se puso de pie y habló para presentarse y decir que escribía prosa poética, que odiaba exponer cosas sobre ella, y algo más sobre religión que no recuerdo; sobre ese algo le pregunté si era atea y me contestó con voz fría que ella era humana, como sugiriendo que las etiquetas estaban de más. No le di importancia al desdén en su voz, concentrado como estaba en analizar el movimiento de su boca al hablar; para mi suerte en el salón no había pupitres sino tres mesas largas colocadas en forma de rectángulo, quedando Naomi sentada justo frente a mí. Jamás había tenido tan cerca unos ojos parecidos, y bastaba con ver sus labios hinchados y rojísimos para que en la parte de mi pantalón donde comenzaba la entrepierna se levantara un bulto con el cual forcejeé durante toda la clase. No voy a pretenderme romántico diciendo que concebí una historia de amor con ella: lo único que imaginé esas dos horas fue un escenario blanco donde sus ojos verdes me miraban sin parpadear mientras su boca húmeda me hacía una mamada digna de epopeya.

Cuando terminó la clase supe que debía hablarle, pero no me atreví. No sé si para ese entonces Naomi ya había notado mis miradas furtivas y mis sentimientos o más bien sensaciones respecto a ella, pero por alguna razón permaneció en la recepción cuando ya todos los talleristas habían salido. Esperando ser esa razón, me acerqué al estante lleno de revistas, donde ella se servía un vaso con agua; me instalé torpemente a su lado, tomé un ejemplar de Letras Libres y me puse a hojearlo en un soso intento de parecer interesante. Naomi notó de inmediato mi presencia, y apenas mirándome y sin separar su boca del vaso me preguntó si me gustaba Letras Libres. Yo le contesté que obvio, si era la revista del canon de la literatura mexicana. No sé por qué dije semejante estupidez. Esa revista es una pendejada, me dijo con una sonrisa medio déspota, y se alejó como si se alejara de ahí para siempre. Me quedé con cara de idiota, inmóvil, pensando en mi cara un buen rato y tan ensimismado que al salir olvidé regresar la revista al lugar que ocupaba en el estante. La recepcionista no lo notó y por lo tanto nadie me reclamó nada; fue hasta esa noche en mi casa, al sacar las cosas de mi mochila, cuando descubrí el ejemplar de Letras Libres entre mis cuadernos y un libro de Bataille.

No sé cuantas sesiones pasaron para que me atreviera, por fin, a dirigirle la palabra, pero hubo un día de atrevimiento a medias: estábamos a la mitad de clase y teníamos como asignación escribir un cuento basado en el estilo de algún pintor famoso. Naomi, vistiendo una chamarrita muy ajustada de tela brillante con aire de rockstar, acabó primero, y cuando entregó su cuento a la maestra levanté la mirada para preguntarle dónde había comprado su chamarra. Es de mujer, dudo que haya de tu talla, me contestó con voz burlona; todos en el salón rieron, y aunque alcancé a musitar un lo decía porque te queda muy bien, dudo haber sido escuchado; no me quedó más remedio que seguir escribiendo mi cuento sin poder concentrarme, recriminándole a mis impulsos esa pregunta tan boba. Desde entonces fue cada vez más difícil reunir las agallas necesarias para hablarle, pues la vergüenza de escuchar esa voz y esas risas me duró el curso entero, martillándome el orgullo. Aun así, cada martes esperaba el jueves y cada jueves esperaba el martes, ansioso por tener toda una clase para observar a Naomi a hurtadillas, y así llevarme a casa un recuerdo concreto con el cual podía jugar toda la tarde y luego gran parte de la noche, pensando en Naomi y sus labios carnosos, o para ser más específico, imaginándolos, imaginándolos mucho en todo tipo de ocasiones y circunstancias, pero siempre húmedos, babeantes, enormes, algunas veces besándome, casi siempre chupándome la masculinidad, queriendo absorberla, mordiéndola apenas, lengüeteando. En estas escenas eran parte importantísima sus ojos, siempre abiertos y atentos como dos planetas verdes e inmóviles que burbujeaban mientras su boca exploraba mi verga de arriba hacia abajo y luego de abajo hacia arriba, sin dejar un sólo espacio seco, acompañada por sus manos cerradas y un sonido como de gorgoteo. Era tal mi obsesión que casi todos mis sueños húmedos empezaron a ser ocupados por Naomi, o más bien por unos ojos y unos labios y unas manos flotantes: unos ojos que vigilaban, unos labios que succionaban, y unas manos que apretaban; el resto de su cuerpo era una sombra, una figura de teatro negro en un escenario vacío donde todos mis deseos se consagraban. No obstante, y a pesar de todas mis ensoñaciones, le guardaba respeto: todavía no me atrevía a masturbarme pensando en ella.

Llegó el último día del curso y no tenía ni su teléfono. Ese día asistí entre resignado y desesperado, sabiéndome de antemano pusilánime en una situación evidente de ahora o nunca. Herranozky me lo recordó al verme; no le contesté. Mientras todos los participantes del taller leían unos cuentos aburridísimos y mal escritos, no le quité los ojos de encima a Naomi, sospechando que aquella era mi última oportunidad para guardármela en la memoria y asegurar que cada línea y cada grieta de sus labios quedaran grabadas de forma perfecta en mi mente. Supongo que ella lo notó, pues en algún momento me descubrió observándola y movió la boca para formar esa sonrisa burlona suya. El reloj marcó los últimos cinco minutos del curso. Ya estaba resignándome por completo a ser derrotado por mi propia cobardía, cuando una de las compañeras rescató para mí un poco de esperanza sugiriendo un convivio con cerveza para celebrar el fin del semestre; mi corazón saltó para luego detenerse cuando Naomi dijo sí, me parece una buena idea, y después me lanzó una mirada furtiva en donde había casi una propuesta o una complicidad.

A recomendación de Herranozky fuimos a un bar cercano a Chapultepec, el Borrego Negro, donde servían buena pizza y mejor cerveza; como pude me las ingenié para sentarme al lado de Naomi. Ya con algunos tragos encima, mi timidez se fue a esconder debajo de la mesa; pronto comencé a ser el tipo que siempre era cuando por mi sangre se paseaba la medida justa de alcohol: un aspirante a escritor gracioso que bien podía seducir a una mujer sentada a su lado; fue así como, después de convertirme en el centro de atención el tiempo suficiente para parecer que la ignoraba, pude platicar con Naomi sin prisas ni miedos por vez primera, y en la conversación descubrí muchos gustos musicales y cinematográficos afines; aún mejor: la hice reír. A sabiendas de las teorías propuestas en un par de libros muy tontos sobre seducción que había leído en los últimos meses, me motivé con el sonido de su risa, señal del medio camino ya ganado, y la otra mitad del camino, un poco más fácil de recorrer, se me presentaba en frente con la bendita promesa final ya no tan lejana: mi habitación, una botella de vino, rock suave, marihuana, y el sueño tantas veces soñado, la boca tantas veces reverenciada. La presencia cada vez más cercana de esta profecía hacía que mis instintos de conquistador despertaran, y esa noche fui todo un encanto, tanto, que una de las compañeras del taller, ya un poco borracha, trató de llamar mi atención con roces continuos de sus pies en mis piernas, mas todos mis esfuerzos y atenciones se concentraban en mi más sagrado objetivo: Naomi, pero no Naomi como mujer completa, sino aquella constituida por partes oscilantes y acuosas.

A pesar del gran avance que para mí significó nuestra conversación, esa noche ninguno de mis deseos se cumplió, pues Naomi se vio obligada a llegar a casa temprano por orden de su madre; pero el día no terminó sin un premio: antes de partir, me dejó escrito su teléfono y su perfil de Facebook en una servilleta (a petición mía, debo aclarar). No puedo describir el ansia que se empezó a erigir en algún rincón perdido de mi cuerpo apenas tuve esa servilleta en mis manos. El resto de la velada en aquel bar fue una tortura, y cuando Herranozky por fin me dejó en casa, corrí a encender el ordenador con tal entusiasmo que tropecé un par de veces en las escaleras. La jodida máquina tardó más de lo que había tardado en encender nunca; un temblor me recorrió las piernas cuando abrí el explorador de Internet, inicié sesión en Facebook y luego, una a una, con escrupulosa veneración, tecleé las letras que formaban el nombre de usuario escrito en el pedazo de papel. En la pantalla, en lugar del puntero en forma de flecha, apareció un círculo azul en movimiento. Grité a la computadora cuanto improperio se me ocurrió, y cuando la página por fin se actualizó, en la foto de perfil, para mi gran decepción, apareció un gato. ¡Un puto gato! Lo habría entendido de una mujer fea, pero de Naomi jamás; crucé los dedos esperando que hubiera más fotografías…, pero no, desgracia mía, la configuración de privacidad permitía ver únicamente la foto del gato, del maldito y jodido gato, además de unas cuantas imágenes con frases y tonterías que de nada servían a mis propósitos. Decepcionado, me sumí pesadamente en mi cama pensando en blowjobs orbitales y gatos muriendo por inanición.

Los siguientes días hice cosas, como todos los días hago cosas, mas uno solo fue mi pensamiento y una sola mi esperanza: ver esa señal roja indicando que Naomi me había agregado a sus círculos virtuales. Ese pensamiento se sub-dividía en muchos otros, algunos de carácter filosófico, como la pérdida de la comunicación personal que, suplantada por galaxias infinitas de datos creados con unos y ceros, nos estaba transformando poco a poco en extensiones de las máquinas, padres de un futuro distópico donde el sexo sería virtual y podríamos inventar nuestras propias Naomis con pequeñas mejoras anexas: Naomis ficticias hechas de aire y luminosidad pura que aparecerían sólo para seguir nuestras órdenes, para masturbarnos con la boca cuantas veces quisiéramos, para convertirse en esclavas sexuales sin daños morales o condenas sociales feministas; la conclusión era siempre la misma: la interacción entre personas está sobrevalorada cuando todo lo que se desea es satisfacción sexual.

Pasaron tres días exactos para que la notificación por fin apareciera. El primer día no pude despegarme de la pantalla de mi teléfono móvil: cada dos minutos abría la aplicación y revisaba si la solicitud había sido aceptada. El segundo día decidí que estaba actuando como un hombre desesperado y patético; convencido de la necesidad de serenarme, alargué el intervalo para abrir la aplicación a treinta minutos. El tercer día estaba pensando en esperanzas muertas cuando en la pantalla de mi ordenador apareció la señal divina: Naomi in the sky with diamonds había aceptado mi solicitud de amistad, y todos los portales estaban abiertos. Colapso. A mi cuarto se lo tragó la luz y aparecí en un espacio congelado y semivacío donde sólo existía el monitor; mi mano derecha, trémula, buscó los lugares exactos, y ahí, poco a poco, se fue dibujando la cara de Naomi, una cara casi inocente que sonreía con su boca colosal; tuve que bajarme el pantalón cuando la vi semidesnuda, tomándose una foto frente al espejo, con ese gesto que pedía atención a gritos, con sus labios inflamándose para mandar un beso a un espectador imaginario, unos labios concebidos para arrastrarse por todo mi cuerpo, todo, desde mis orejas hasta mis pies y mi nariz y mi belfo y mi cuello y mi pecho y mi estómago, en donde su boca hacía una pausa pequeñita para darle oportunidad a sus pupilas de mirarme un instante antes de sumergirse en mi verga, que esperaba como espera la tierra el fin del mundo, erecta de orgullo, de nervios, hasta de miedo; mi verga estaba aterrorizada por la furia con la que Naomi la recorría de arriba a abajo, como si quisiera arrancármela pero sin morderla, como si en su lengua reinara la necesidad de convertirme el sexo en baba. Cerré los ojos y el estallido y el espasmo me dejaron la mente en blanco por quién sabe cuántos minutos. Cuando recuperé la conciencia, la cara de Naomi me seguía sonriendo; la acaricié con la yema de los dedos, le dije gracias en un murmullo, y me levanté para limpiar el semen que había volado hacia todas partes. No había papel de baño en mi cuarto. Incómodo, caminando con cuidado de no derramar el líquido viscoso y blanco, busqué una toalla o cualquier cosa útil: fue entonces cuando, entre un montón de libros y papeles, vi el ejemplar de Letras Libres, el mismo que había robado por accidente el día bendito que conocí a la musa blanca de mis fantasías. Pensando en mi falta de opciones si no quería salir de mi habitación, le arranqué un par de hojas a una columna de Krauze y me limpié el semen del cuerpo con ellas.

¿Cuántas noches me masturbé viendo las fotografías de Naomi? Es una pregunta difícil de contestar. Por un lado, está mi propia vergüenza; por el otro, el hecho de que los onanismos fueron incontables. Cada vez imaginaba una historia nueva, un encuentro distinto, un previo intercambio de palabras que no se repetían y un lugar en el extremo contrario del lugar anterior: una calle abandonada donde charlábamos de poetas malditos, la mesa de un presidente que de pronto se quedaba sin papeles, la cima de una montaña donde la nieve quemaba, la parte más alta de un monumento histórico europeo y un encabezado en los diarios; el mundo al final era casi siempre el mismo, ese escenario níveo donde podía entregarme impunemente al placer de unos labios en forma de volcán, donde Naomi se esfumaba entre chispas y líquidos rojos para renacer poco a poco en mi siguiente sueño lúcido y cibernético. No, lo repito: es imposible saber cuántos orgasmos me regaló la Naomi de miembros mudos, pero fueron tantos que la obsesión creciente me obligó a dar un paso todavía no dado en el mundo real: una noche, al verla conectada al chat y sin pensar demasiado, la saludé. No puedo explicar el infierno de los segundos siguientes, mientras las palabras no aparecían pero se fabricaban para ser enviadas desde algún cuarto donde la verdadera Naomi escribía o fumaba o bailaba o hacía cualquier cosa de mujer normal o anormal que no habita mi imaginación. Ella contestó mi saludo, sin tardar demasiado en hacerlo, lo cual me sugirió un interés de su parte; mis respuestas a sus mensajes, retardadas con premeditación, se esmeraron siempre en parecer casuales, ligeramente graciosas, desinteresadas, a veces hasta un poco déspotas; pero en cada uno de mis tecleos había una impaciencia de animal en celo. Para llamar su atención inventé un programa de radio sobre literatura, un libro por publicar, un par de fiestas en mi casa; todos esfuerzos inútiles, pues jamás desencadenaban en el encuentro tan buscado. Duramos así no sé cuántos días, hablando de cosas pueriles, hasta que una tarde Naomi me dio una señal o algo que tomé como una: al saludarme en una de esas conversaciones que ya se habían hecho rutina, citó uno de los poemas en mi blog personal. Con algo de naturalidad, fingí cierta modestia y logré llevar la plática al campo de las relaciones amorosas previas, donde Naomi soltó los dedos y dio rienda suelta a cuentos de patanes de los cuales estaba harta, ella una mujer apasionada mas no romántica, yo siempre comprensivo, dispuesto a leer más historias que no me interesaban para nada con tal de seducirla; así hasta despedirnos a altas horas de la noche, después de mostrarle un poema que elogió con timidez.

En todas estas pláticas comencé a descubrir a una Naomi de carne y hueso, con sueños y tonterías de gente real, con una infantilidad incompatible con la Naomi que me hacía felaciones todas las noches, y mis comentarios aduladores comenzaron a ser demasiado postizos, a veces incluso desesperados. Fue esa desesperación la que me orilló a lanzarme al abismo: una tarde de invierno, cuando el periodo escolar casi terminaba, la invité a tomar una cerveza. Así, de la nada, me nació una invitación sin rodeos, un simple te propongo algo, vamos por un café-cerveza-bebida cualquiera, desde el taller de cuento me quedé con ganas de platicar contigo en persona. Tardó cuatro larguísimos minutos en responder, pero al final aceptó sin rodeos. Vamos, la próxima semana salgo de vacaciones, me dijo. Todos mis demonios desaparecieron, o volvieron a nacer, y cuidando cada palabra, como si una letra tecleada en el espacio o instante incorrecto pudiera ocasionar que Naomi se arrepintiera, establecí una hora y un lugar, una semana a partir de ese momento; una semana que sería la más larga de mi vida.

No pretendo verter más detalles sobre una historia ya de por sí llena de pormenores, algunos quizá demasiado minuciosos y explícitos, así que no ahondaré en mis citas de esa semana con la Naomi de mi mente o en cómo la Naomi del exterior me falló un par de veces, cambiándome la cita verdadera primero por cansancio y luego por compromisos familiares. Por alguna razón yo sabía que tarde o temprano saldríamos juntos, y en efecto, un viernes de diciembre por fin la tuve frente a mí, completa y hecha de moléculas, cabellos rebeldes y humo de cigarro, mientras yo iba constituido de ropa recién comprada y exceso de perfume. Nos encontramos en el mismo bar donde unos meses antes habíamos bebido unas cervezas con nuestros compañeros del taller de cuento, y la malta fermentada no tardó en calentarnos la sangre y ponernos risueños y atontados. El humo del cigarro nos rodeó y nos instaló en una isla apartada de las voces estridentes y la mala música, donde Naomi y yo pasamos de ser dos extraños del mundo virtual a dos seres deseándose en el mundo de asfalto y bocinas de automóviles. Supe muy pronto que esa noche podía besarla, y quizá más, quizá por fin poseerla en la ejecución de todas y cada una de mis fantasías. Y aunque por un par de horas platiqué y bebí con una universitaria sediciosa, con deseos de ser escritora o directora de cine y con ganas de enamorarse sin palabras cursis, muy pronto el alcohol me nubló la mirada y en esa nube borrosa desapareció Naomi para ser suplantada otra vez por un par de labios que me urgían a un placer sin contraparte, labios abriéndose y cerrándose con un sosiego rodeado de vapores grises, dejando a cada chupada del cigarro estelas de baba, inflamándose a medias para luego morderse y pasear la lengua por el labio superior y más ancho, labio perfecto, labio perfecto (lo digo dos veces porque una no basta). Labio perfecto (una tercera, qué más da). Y yo preguntándome cómo mamarían esos labios si así fumaban. Después de la tercera cerveza de litro le propuse a ese engranaje de órganos sensuales ir a mi casa a encender un porro de marihuana y descorchar una botella de tinto; mis células temblaron de ansia cuando la voz de alguien ausente habló y dijo sí, con gusto, y entre sus ojos y su boca apareció un color de sangre corriendo deprisa. Mi órgano viril estaba más viril que nunca, inquieto debajo de mi pantalón, y caminar hasta mi automóvil fue un conjunto de urgencia y maniobras extrañas.

Llegamos a mi casa a la una de la mañana, la hora de los ebrios y las putas. Todo estaba en silencio, señal clara de la ausencia de mis compañeros, y señal además de que los planetas se habían alineado para otorgarme lo tantas veces deseado, en un lugar simple, nada extraordinario (no había palacios de mármol o pirámides egipcias), ¡pero qué importaba el lugar cuando todo se evaporaba menos mi cama y la música y esa sensación de sexo cercano! Y no cualquier sexo: probablemente el mejor de mi vida. Subimos a mi cuarto y abrimos una botella, un Malbec barato pero sabroso; forjé un porro mientras bebíamos, escuchábamos un blues de Lee Hooker y llenábamos la habitación de nicotina volátil. Apenas le dimos un par de golpes a la hierba verde y nos pusimos a bailar una mezcla de minimal y rock que yo había seleccionado concienzudamente para la ocasión, una música suave pero lasciva que con la mota como compañera inundó el espacio de anhelo carnal. Al principio bailábamos cada quien en una esquina del cuarto, pero poco a poco flotamos y fuimos rompiendo los hilos finos del pudor hasta que su carne y sus cabellos me rozaron y su olor me llenó la nariz. Tenía la verga paradísima, pero eso no fue impedimento para abrazar por detrás a la loca que bailaba frente a mí. Ella me respondió pegándose a mi cuerpo, retorciéndose con movimientos lentos de gusana; mis manos le recorrieron los senos mientras las suyas se abalanzaron hacia atrás para escabullirse dentro de mis pantalones y apretarme con fuerza el falo erecto. La tomé de la mejilla y le volteé la cara para morderle los labios, no sin antes contemplarlos un par de segundos; ahí, ante mis ojos y tan cerca, Naomi volvió a ser Naomi: aparecieron sus pupilas y sus labios reales, tan reales que olían, o quizá el olor venía de más lejos, de las vísceras de una mujer cuya existencia dependía de un momento efímero (y Naomi era, en verdad, una mujer; lo descubriría muy tarde). Ese momento efímero se esfumó cuando ella respondió a mi gesto con sus dientes en mi carne; su saliva me supo a meses enteros de onanismos en su nombre, y mis manos no se resistieron a la idea de rescatarla de dos capas de ropa. El humo se tragó a lo último que quedaba de Naomi y me dejó en cambio un enjambre de piel blanca con unos pezones hermosos y una caverna vellosa de donde bebí como un ebrio sin miedo a congestionarse. Unos gemidos tenues se escucharon desde algún lugar del cuarto y mi ansia no dio para más; me puse de pie, me bajé los pantalones, y con mis manos hundiéndose en su cabello le acerqué la cara a mi vientre bajo. Ella me besó tiernamente todas las zonas alrededor del ombligo y luego quiso subir otra vez para buscarme los labios, pero mi mano derecha se lo impidió con brusquedad y la regresó hacia mi verga. Noté un ligero vaivén y escuché entre los acordes de una guitarra a una voz jadeante decir: no. ¿No?, pregunté, todavía con mis manos aprisionando su cabeza. Naomi levantó la mirada y su boca le perteneció por completo cuando se abrió y se cerró en una sucesión de cuatro sílabas que formaron tres palabras malditas: no la mamo.

Se sentó en el borde de la cama y me jaló hacia ella con su brazo. ¿Por qué no?, pregunté débilmente, como despertando de un sueño, la marihuana reculando. Porque no, contestó. Me rodeó el miembro con su mano y lo empezó a acariciar, dispuesta a continuar, pero mi pene se había vaciado de sangre. ¿Vamos a hacer esto?, me preguntó. Con la esperanza de hacerla cambiar de opinión, ya entrados más en el lazo carnal, la besé y lancé mi peso contra ella; azotamos en la cama y con una de mis manos agarré mi pene para introducirlo en su vagina, que seguía húmeda; al encontrarlo blando y decaído, lo froté contra su clítoris repetidas veces, esperando reanimarlo; fue inútil: estaba completamente muerto. Le dije que necesitaba sexo oral, para que se me parara.

—No te la voy a mamar —su voz era tajante.

Me quedé mudo, de pie con una mueca ridícula. Con la negativa inesperada y ya muy evidente mis fantasías se helaron y comenzaron la lenta transición a un escenario semirreal, donde mis ganas de sexo con una mujer de carne y hueso persistían aunque no hicieran acto de presencia para resucitar al cadáver que colgaba entre mis muslos. Dame cinco minutos, dije, y bajé corriendo por mi computadora portátil, tropezándome con mis propios pantalones, que dejé a la mitad del camino. Me apresuré a encender la máquina, abrí las fotografías de Naomi y comencé a masturbarme. Como lo esperaba, la Naomi de la pantalla surtió efecto y mi pene despertó a medias; corrí  desesperado al encuentro de la Naomi que aguardaba en mi habitación, pero cuando llegué la encontré vestida, fumándose un cigarro. Desde el umbral de mi cuarto, desnudo y torpe, supe muy bien que aquello había terminado; miré mi pene y el fin de la noche quedó confirmado.

En el camino a su casa intenté hacer alguna broma estúpida para excusarme y aclararle que jamás me había sucedido algo parecido antes (por aclarar me refiero a jurar desesperadamente), pero ella respondió con una sonrisa condescendiente, y los veinte minutos de trayecto entre mi casa y la suya fueron un viacrucis de preguntas estúpidas y silencios incómodos. Eran cerca de las tres de la mañana cuando Naomi desapareció en la oscuridad del soportal de su edificio de departamentos.

No pasa un solo día sin que mi memoria necia no me recuerde el incidente que acabo de narrar, y no paso una sola noche sin preguntarme cuál fue la causa de tal esputo de la vida, ofreciéndome un manjar inigualable para después obligarme a recordarlo desde la perspectiva del idiota hambriento que nunca pudo devorarlo, sólo verlo desde el exterior del aparador, acaso olerlo un poco, darle una probada con el dedo, nada más. Nunca fui un semental en la cama, debo aceptarlo. Pero con mis novias y amantes anteriores siempre cumplí, por lo menos manteniendo la dureza necesaria para regalar el ocasional orgasmo. Lo que me sucedió esa noche fue inexplicable desde todos los ángulos, y me intriga más cuando analizo mi profunda obsesión por esa mujer de ojos lozanos y boca vasta, y la excitación que todavía me causa. La ocasión era inmejorable, y me pregunto si fue ésa justamente la razón de mi fracaso: una especie de cobardía propia del atleta mediocre que se achica cuando debe enfrentar la prueba más grande de su vida frente a un estadio repleto.

¿Volví a ver a Naomi? A la Naomi libre y corpórea la vi una vez más, por casualidad, en un café por el centro. Yo leía un libro mientras esperaba la llegada de un amigo, cuando la vi frente a mí, blanca y más guapa que nunca. ¿Cómo estás?, me preguntó con una gentileza que me pareció sospechosa. Le contesté que bien y la invité a sentarse. Estuvimos platicando unos cuantos minutos; mientras me contaba anécdotas triviales sobre la carrera de artes visuales, todo mi cuerpo me apremiaba a pedirle una oportunidad para probarle que lo de nuestra noche juntos había sido un accidente; ahí, fingiendo escucharla, mi cabeza inventó otra conversación donde yo le aseguraba a una mujer idéntica pero anónima que con una sola vez me bastaba para compensarla de sobra con placer y gritos y sinnúmero de orgasmos. Pero no me atreví a decir más de lo necesario, y Naomi se alejó para no acercarse nunca más, con una sonrisa amable que me hizo sentir la persona más mierda del mundo. No volvió a contestar ninguna de mis llamadas. Eso sí, no salí de esta experiencia con las manos vacías, pues me vi forzado a agregar una nueva manía a mis prácticas cotidianas en la intimidad, y desde la noche cruel en que tuve y no tuve a Naomi, me he hecho un asiduo comprador (mas no lector) de la revista Letras Libres.

 

 

Sobre el Autor: Mario Escalona es Doctor en Posmemismo Supramágico. Sus amigos dicen que no le halla a la vida. Síguelo en su Twitter @mezcalona

Ilustración de Humana Ache. Conoce más de su trabajo en su facebook. 

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