Por Citlali Huerta

 

Recuerdo que cuando era niña me encantaba dormir en la cama de mis padres, justo en medio de mi madre y de mi hermoso padre. Al principio de la noche me quedaba descansando boca arriba con los brazos extendidos, cuando comenzaba a escuchar los resoplidos fétidos de la boca de mi madre, giraba mi cuerpo en dirección a mi padre, le daba la espalda a aquélla y me frotaba al robusto cuerpo de éste, era entonces cuando podía conciliar un sueño romántico, un sueño donde jugaba a la mamá y al papá.

Fui creciendo y contra mi voluntad, sin berrinche que lo mediara, me enviaron a mi propio cubo con un par de almohadas rosadas y una manta azul. Mis noches se convirtieron entonces en una soledad angustiosa, donde mis sueños románticos pasaron a ser una oscuridad bélica, despreciaba a mi madre tanto como amaba a mi padre.

De eso hace un tanto que pasó y la realidad es que no hay nada más que contar sobre aquellos tiempos, mis sentimientos hacia ambos no cambiaron casi nada y mi deseo de estar con él se reprimió, esto no quiere decir que lo olvidé o destruí, mi pulsión perpetuó aquel pervertido deseo, mi clítoris desempeñaba el papel del pene, me sentía sucia y obscena.

Una noche de ausencia, donde cualquier compañía es buena, entre el tabaco, la música del bar y el frío, mis nalgas sintieron la presión de una tosca mano, no la rechacé ni me giré, tan sólo mecí mi cuerpo imitando el placer de mi interior, el hombre me sujetó por la cintura sin voltearme aún y me dio un beso en el cuello entre la maraña de mi cabello. Ambos sabíamos que la pasaríamos bien aquella noche y que la ausencia y el frío ya no nos pertenecían. Dejé mi bebida tibia sobre la barra y mientras él se frotaba contra mi espalda moví mi mano derecha en dirección a su miembro; estaba duro, provocativamente duro, lo deseaba, lo quería desnudo en mis manos, lo quería desnudo en mi boca, lo quería desnudo dentro de mí, entonces me giré lo más lento que pude para sentirlo recorrer la mitad de mis caderas y finalmente sentirlo entre mis piernas, ahí donde la pelvis llega al borde inferior de la sínfisis púbica. Salimos del bar entre manoseos y salivas, entramos a la calle entre salivas y manoseos y en la oscuridad del frío me jaloneó contra la pared y me besó la boca como queriendo alcanzar la última gota de una botella de vodka, me pareció romántico y desagradable, desagradablemente romántico como para provocarme placer, con ambas manos retiré la hebilla del cinturón, desabotoné su pantalón, le bajé el bóxer, me deslicé hacia abajo entre el muro y él, me provocaba tanta curiosidad el conocerlo más, aunque no sé si había algo más por conocer. Sostuve su miembro entre mis manos, le di el primer lengüetazo y sentí cómo se mecía como queriendo escapar, estaba tan firme y duro que parecía ser un soldado inquebrantable, un soldado al que le gustaba sentir mi lengua recorrerlo de arriba a abajo, al que le gustaba sentir cómo mis dientes presionaban casi nada su cuello, un soldado al que le gustaba sentir cómo, con ayuda de mis manos, lo introducía en mi boca, un poco y un poco más… Abajo, arriba y adentro, tan adentro que su punta rozara lo más profundo de mi garganta y todo él estuviese dentro de mi ensalivada boca, lo paseé por mi rostro dejando su aroma y viscosidad en mis ojos, nariz y mis labios, miré hacia arriba y su cara expresaba el temor inconsciente de una supuesta castración, aun así, estaba excitado y jadeaba muy en silencio; por mi parte, mi neurosis histérica estaba resuelta, mis pulsiones estaban libres y tan sólo recibía placer, nuestros jadeos aumentaron, el ritmo de mi lengua aumentó, sus ojos se desviaron al cielo y mis párpados se salpicaron de un líquido viscoso. Era muy parecido a un sueño romántico.

 

 

 

Sobre la autora. Ha hecho muchas cosas sucias, a veces las limpia y a veces no, le gusta dejar rastro de su batidillo en la vida.

Collage de Helena Luna. Síguela en Twitter @ojodeluciernaga

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