Por Diego Esteban Caro

Cuando lo ve no sabe si darle

un beso o cortarse las venas.

Rafael Chaparro

 

Yo la veía salir cada viernes del motel, siempre con la misma minifalda de color fucsia, casi siempre con las medias rotas, siempre con los tacones de plataforma, casi siempre con un bolso de cuero, siempre con un montón de maquillaje en su linda jeta.

Ella tenía un selecto grupo de clientes, siempre eran hombres con corbata, pero eso no los hace menos perros, sino más estúpidos. Siempre he creído que el hombre que a sus cuarenta no ha conseguido mujer, o por lo menos no valora la que tiene, es de por sí un reverendo imbécil; estoy contento porque yo hasta ahora tengo treinta y nueve.

En fin, sus clientes le pagaban bien, pero no duraban mucho. Ella entraba con el man, y a los treinta, cuarenta minutos máximo, ya habían salido del motel. Yo duraría más, o eso creo, ¡hagamos el cálculo!

– entro al hotel= un minuto

– me recibe alguien más imbécil que yo en la entrada= dos minutos

– recorro los pasillos del prostíbulo= cinco minutos

– busco mi habitación= tres minutos

– entro a la habitación dándole una palmada en las nalgas= un minuto

– Desvistiéndonos= 0,32 segundos

– ella dándome un masaje tailandés= 4 minutos

– yo encima de ella= un minuto

– ella encima mío= cinco minutos

– ella chupando bon bon bum= cinco minutos

– ella mascando chicle= ¡mierda! Me mordió

– yo encima de ella nuevamente= cuatro minutos

– ella mirando a la ventana= un minuto… aunque eso lo puede hacer durante la mitad del tiempo

– yo moviéndola a la posición de perrito, aunque sea denigrante para algunas mujeres= entre dos y quince segundos, todo depende que tan distraída esté ella

– yo desangrándome= quince segundos (con gemidos míos, no de ella, veinte)

– Yo recuperando el aire= cinco o diez minutos, tal vez más, todo depende cuanto fume.

– Ella se viste mientras recupero el aire

– Yo vistiéndome= cinco minutos

Bueno, creo que eso fue todo ¡ah no! Lo que nos toma salir del motel= entre dos o cinco minutos, todo depende si tengo un billete grande para pagar (odio cuando me dicen «¿no tiene más sencillo?») para luego salir a la calle.

Eso sería todo supongo, hagamos cuentas: 1+2+5+3+1+0,32+1+5+5+4+1+0,2+ 0,25+10+5= mmmmmmmmmmmmm 2+2= 4 mmmmmmmm ¿Por qué dejé de estudiar para vender bonice? Mmmmmmmmmmmm en la calculadora dice: minutos… loading. Loading… loading… ¡cuarenta y siete! ¡Duraría más que los demás! Je je je, soy muy bueno.

Decidí ir a la cantina de Moe (y no, no es el de la serie animada, y tampoco está el calvo.) Fui a celebrar por mi gran victoria ante mis competidores… ¡cuarenta y siete minutos! decía yo, mientras sostenía la cerveza.

El siguiente viernes la volví a ver: misma minifalda, mismos tacones, mismo maquillaje…Todo igual, excepto por el cliente. Ella tenía buen gusto: el tonto tenía ojos claros y un cabello lleno de crema para peinar, se notaba que ya se le estaba empezando a caer el cabello, supongo que todo a base de tanto producto químico que se echa en la cabeza, pero es que en este tiempo todo mata ¡todo! El jugo, las verduras, las papas, la gaseosa ¡por dios, la gaseosa! Las hamburguesas, el maíz, el viento, la ciudad, la mierda mata, todo mata.

En fin, yo estaba mamado de verla siempre con tipos diferentes, ¿Por qué no se casa? ¿Por qué no se deja embarazar y así coge juicio? ¿Por qué no me deja invitarla a salir? ¡Ah claro! Primero tengo que invitarla a salir, ¿pero por qué yo tengo que ser el que la invite a salir? Siempre son los hombres, los hombres son los perros, los hombres son los desgraciados, los hombres son los desorganizados, los hombres son los desagradecidos, los hombres son lo peor, en fin, sería como más práctico volverse gay —con todo respeto—, convertirme en transformista, para luego volverme mujer y terminar siendo lesbiana, ¡sí! ¡Seré lesbiana! Pero… Mmmmmmmmmm ¡nah! Todo es muy complicado, comer es complicado, trabajar es complicado, cagar es complicado, todo es complicado.

Después de esa crisis existencial decidí hacer lo correcto, hacerle un favor al universo y de pronto así el karma me devolvería a mi perrito que se perdió cuando tenía cinco años, o bueno eso fue lo que me dijo mi mamá… esperen… loading. Loading… loading… ¡Mierda, el perro se murió! Terminé de nuevo en esa cantina de mil olores, brindé por mi perro muerto y por la prostituta que iba a matar…

Planee todo a la manera más profesional posible. Me compré un par de guantes de los que venden por la séptima con diecinueve, compré unas botas pantaneras, me afeité la cabeza para no dejar cabello en la escena del crimen, me afeité, me depilé mmmmm ¿para qué mierda me depilé? Estaba cansado de tanto pensar, pensar en el recibo de la luz, pensar en qué voy a comer hoy, pensar a qué hora me levantaré mañana, pensar si le veré el rostro a ella mientras la asesino, pensar si me voy a limpiar después de entrar al baño, qué pereza, todo es pensar, ¡esta vida es muy complicada!

Finalmente llegó el gran día. Yo estaba listo para la acción. Entré al motel, alquilé una habitación, aunque al sujeto se le hizo raro. ¡De malas! Pensé… yo sabía a qué habitación entraba ella siempre, era la 103, tenía una linda vista, eso —supongo— le hacía pasar el tiempo mientras el cerdo hacía ejercicio. Tomé el frasco de cloroformo, ¡mierda, cloroformo! ¿Por qué diablos nunca lo usé para dormir a alguna de mis compañeras del colegio? ¡Ah, cierto! Yo no fui al colegio. De seguro lo habría usado, es una herramienta útil. Tomé un poco y lo revolví con un poco de brandy que había en el minibar y le dejé una nota que decía “cortesía” Salí de la habitación y al minuto ellos llegaron. Caminaron. Ella se hacía la que no sabía dónde quedaba el cuarto. Entraron. Tembló la tierra. Cerraron las cortinas. Volvió a temblar la tierra. El hombre se vistió y se fue. Ella…curiosamente no salía del cuarto. Entré. ¡Ah, claro, se tomó la bebida! Bueno… continuemos… entré de puntillas, aunque esas pinches botas no hacían nada más que hacer ruido, me aburrí y me las quité, y ahí, ahí estaba ella, buena como siempre, su rostro encima de la almohada, su cola… mmm su cola… estaba firme como siempre, su brazo colgaba de la cama, como un reloj, tic tac…tic tac… tic tac. Llegué yo, bueno, llegó la hora, dije con una voz diabólica… ¡Mierda! ¿Y con qué rayos la voy a matar? Maldición, sabía que algo me faltaba. Pensé en golpearla con la lámpara que había en la mesita de noche, o incluso llenarle la boca con cloro… pero la lámpara era bonita, y cloro no había en ese pinche cuarto de hotel, así que decidí hacerlo a la antigua: decidí asfixiarla.

Tomé su cuerpo y lo giré, pero… ¡mierda! ¿Saben qué? Me cansé de esa palabra, digamos ahora, hmmm boñiga, ¡sí! Boñiga estará bien… hmm ¡boñiga!, pensé. Estaba azul la chica, ¡azul! ¿Acaso era una de esos marcianos de la película? ¡Nah! Se murió… se asfixió con la almohada. Yo estaba destrozado, no me imaginé que pasara eso. El brandy seguía intacto, hmm ¡se drogó! ¡Le dio un paro cardiaco! No sé, sinceramente no sé qué paso, pero como ya le dije, señor oficial, yo no maté a esa desgraciada, aunque me duele no haberlo hecho… y mucho más haber sido tan tonto de tomarme el brandy… no pensé que me fuera a intoxicar, definitivamente mi cumple numero cuarenta será muy triste… ¡boñiga! Todo es boñiga… la mierda es boñiga… la prostituta era boñiga… trabajar es boñiga… dormir es boñiga… tomar es boñiga… planear un asesinato es boñiga… todo es boñiga. A veces sólo me dan ganas de pegarme un tiro trip tri trip.

 

 

Sobre el autor: Diego Esteban Caro. Sus papás no le pegaron y tiene pocos traumas de infancia, nunca tuvo una novia en sus veinte maravillosos años de existencia, se la pasa entre libros que compra del suelo de las calles de Bogotá (Colombia) y le gusta la música.

Ilustración de Angel Saldivar. Visita su facebook

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