Por Juan Camilo Romero

 

Durante el resto del mes no te vi ni una sola vez. No sé si me ignoraste, si te escondiste de mí, o si sin darme cuenta me escondía de ti. Pero sí sé que una noche antes de meterme a bañar sonó mi celular y era un número desconocido. Una vez que contesté, escuché tu voz y mi corazón dio un brinco y giró en el aire. Te disculpaste por estar desaparecido y por pedir mi teléfono a alguien más. Yo te dije que era algo raro, que los hombres ya no hacían eso y te reíste con vergüenza. Agitada te dije que no te preocuparas, que era algo bueno, y te reíste una vez más. Me preguntaste si tenía novio y con muy poca preocupación te dije que no. Me invitaste a cenar y te dije que sí. De repente me diste mucha información muy rápidamente y colgaste sin siquiera decir adiós. Esa noche decidí que me bañaría en la mañana y me recosté a preguntarme si me gustabas o no. Dormí sin saber la respuesta.

Llegó la noche de la cena y mi mejor amiga estaba sentada en mi cama junto a mí preguntando quién me había invitado a salir. Yo no le había dicho que eras tú, no sabía si lo guardabas como secreto, si te daría vergüenza que alguien se enterara. Por esto solamente le dije que eras un niño que me comenzó a hablar de la nada y que nunca se despedía. Le dio curiosidad y me pidió que te preguntara por qué lo hacías, y yo dije que lo haría. Le confesé que no sabía cómo vestirme y ella se burló de mí, yo no era una mujer tan femenina y no sabía qué clase de vestimenta querías. Al final me puse mi único vestido y esperé a que pasaras por mí. Cuando me subí a tu carro me miraste, y te comenzaste a reír. Me llené de rabia y de vergüenza y te pregunté cuál era tu problema. Me dijiste que esa no era yo y tenías razón, pero no deberías haberlo sabido. Tú no me conocías, no sabías quién soy. No podías decirme si esta era yo o no. Me dijiste que me invitaste a mí por sobre todas las demás porque yo era diferente, porque parecía única y porque nunca me vestiría así. Te pedí que me dejaras cambiarme y me dijiste que sí.

Fue una noche muy divertida, no fue nada romántica, nada cliché. Fuimos a un restaurante en el que dibujamos en las servilletas y en el que únicamente tomamos café. Me dejaste en mi casa temprano, me diste un beso en la frente y me bajé de tu carro. Caminé hacia mi puerta, me pregunté por qué no me habías besado y me volteé sólo para ver cómo tu carro se alejaba. Para ver cómo una vez más te habías ido sin despedirte y para recordar que nunca te pregunté por qué no me decías adiós.

Pasó el tiempo y nos seguimos viendo, de repente me llamabas tu novia y me defendías cuando tus amigos decían que no veían nada en mí, que podías estar con alguien mejor. El tiempo siguió pasando y tuvimos todo por primera vez. Nuestro primer beso, nuestra primer pelea y nuestra primera reconciliación. Me diste mis primeras flores, mi primer carta, mi primer peluche relleno. Pero nunca te despediste de mí. De un momento para otro se había acabado la escuela y había que estudiar. Yo entré en la Universidad Nacional para estudiar biología marina y tú entraste a una universidad en Rumania para estudiar una carrera que nunca entendí de qué trataba. Te acompañé al aeropuerto, tomándote de la mano, temiendo el momento en el que finalmente me tendrías que despedir. Comimos en una cafetería en el aeropuerto, viendo el reloj y hablando con cierta incomodidad. O bueno, yo hablaba con incomodidad, tú no decías nada, la verdad. Anunciaron tu vuelo y nos levantamos, caminamos hasta la puerta y me dijiste que dejaste tu teléfono en la mesa, me pediste que fuera por él. Yo sabía lo que estabas haciendo, estabas buscando el momento para irte sin decirme adiós, pero decidí  dejarte hacerlo esta vez. Me partía el corazón cada paso que daba caminando hacía la mesa pero lo hacía por ti, lo hacía porque sabía que lo necesitabas, que por algún motivo no te podías despedir.

Llegué a la mesa en la que estábamos sentados y sobre ella efectivamente estaba tu celular. ¡No me habías mentido! ¡Sí lo habías dejado ahí! Me sentí culpable por pensar tan mal de ti y corrí hacia la puerta para abrazarte, pero cuando llegué no estabas, te habías ido una vez más sin despedirte.

Pasaron los años y no supe nada de ti. Te odiaba por no despedirte de mí, por haberme dejado sola de la nada y por no haberme dado una sola señal de vida. Pero eso sí, todos los días cargaba tu celular, nada más para que me llamaras y te pudiera mandar a volar, para poder abandonarte como me abandonaste tú a mí y para poder hacerte sentir como me hiciste sentir a mí. Un año después de graduarme sonó tu celular, pero la voz que sonaba no era la tuya. Era la voz de un hombre militar y muy serio. Mi corazón se paró de repente mientras la voz me preguntaba si sabía de quien era ese celular. Cuando le dije que sabía que era tuyo, la voz se presentó como tu papá, a quien nunca me habías presentado, y me dijo que habías ido a dibujar en una servilleta y que querías encontrarme allí.

Me subí a mi carro, conduje a toda prisa y llegué al lugar donde salimos a comer por primera vez. Mi cabello era mucho más largo ahora, estaba maquillada y me vestía muy bien. Te vi sentado y también estabas diferente. Tenías tus cabellos cortos, una pequeña barba cerrada y los hombros anchos. Me miraste y como me lo esperaba te empezaste a reír, reí contigo y te besé. Me picaba tu barba pero decidí que me podría acostumbrar a eso, había mucho que te quería preguntar pero que jamás lo hice. ¿Habías conocido a alguien más? ¿Qué habías hecho durante todos estos años? Tu beso no me decía nada pero me quitaba las ganas de preguntar, y supongo que eso fue lo mejor que pudo pasar, ya que dos años después estábamos casados, y seis años después conducías a nuestros hijos a diario para dejarlos en su escuela. Yo siempre iba contigo, no solo para ver que ellos llegarán bien a estudiar, sino para escuchar como te despedías de ellos, siempre como si fuera la última vez que los verías. No estoy segura por qué hacía esto, me sentía terrible sintiendo celos de mis propios hijos ya que a ellos les dabas lo que nunca me diste a mí. Siempre te despedías con besos y con abrazos, pero nunca me los dabas a mí. A mí solo me mirabas y seguías con tus días, nunca me decías por qué.

Me encantaba vivir contigo, me encantaba estar casada contigo pero odiaba no saber el porqué de tu incapacidad de despedirte de mí. Pero para toda pregunta hay respuesta, y la mía me la diste y ya no la quise saber. Una mañana me despertaste para dejar a los niños en la escuela pero un dolor de cabeza no me dejaba moverme. Te di un beso en tu barba cada vez más clara sabiendo que no te ibas a despedir y me volví a dormir. Poco después sonó el teléfono de la casa, contesté y me subí a mi carro en pijama.

Conduje como loca hasta la sala de emergencias donde estabas y vi a los niños sentados en la sala de espera. Los abracé, los besé y les pregunté qué había pasado. Ellos me dijeron que los llevabas a la escuela cuando un hombre extraño saltó frente al carro y lo golpeaste sin querer. Me contaron que te bajaste y que el hombre nervioso te clavo una navaja antes de irse corriendo. Los niños lloraban y yo les decía que todo iba a estar bien. Entré en la sala y ahí estabas, recostado, con la piel pálida y amarrado a más no poder. Me miraste y sonreíste pero comenzaste a lagrimear. Te disculpaste conmigo, ¡conmigo! por poner a los niños en riesgo. Te dije que no fueras bobo y ya no me pude contener, lloré encima tuyo, te pegué en el pecho con mi puño y sabía en ese momento aunque no me lo dijera ningún doctor que te iba a perder. Te volviste a disculpar conmigo y te dije que ya no más, que los niños estaban bien. Pero me dijiste que no era eso, que te disculpabas por dejarme en el aeropuerto, por irte de mi casa después de la primera cena y por no estar ahí cuando salí de mi salón. Te disculpaste y me dijiste que desde el momento en el que me hablaste, decidiste que nunca me ibas a perder, que nunca ibas a estar lejos de mí y que por eso jamás te podrías despedir. Me dijiste que como nunca nos despedimos nunca terminamos la conversación, siempre estábamos en contacto aunque lleváramos sin hablarnos cuatro años. Los ruidos de las máquinas que estaban junto a ti comenzaron a irritarse, comenzaste a toser y me tomaste la mano. Sabía que te querías despedir de mí al fin, lo veía en tus ojos y no lo podía creer. Te vi abrir la boca y te la tape con la mía. Mis ojos empapados en lágrimas, mi mano sobre tu pecho y de repente ya no estabas aquí. Ya no estabas conmigo, habíamos llegado a nuestro fin.

Pero ahora, diez años más tarde aquí frente a esta piedra con tu nombre, seguimos hablando, tenías razón y espero me disculpes por no entenderlo desde el principio. Despedirnos era ponernos un fin, era dejar de estar juntos y eso no era algo para ti ni para mí. No sé que haría si no pudiera hablar contigo, con el hombre que siempre se iba y regresaba. Con el hombre que nunca se despidió pero nunca me abandonó. Qué bueno que nunca me despedí de ti.

grave

Ilustración de Angel Saldivar. Conoce más de su trabajo en su facebook.

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