Por Ernesto Guevara

Cuando entró a la habitación, él se masturbaba sentado frente a la computadora portátil. Estaba acostumbrado a vivir sólo con su madre y ella solía tocar la puerta antes de entrar. Alan tensó los hombros, azotó la pantalla de la computadora contra el teclado y bajó su camiseta para ocultar la erección. Verónica sólo sonrió y le dijo que no tenía de qué preocuparse, que era algo normal y estaba en confianza. Cerró la puerta detrás de ella y se acercó a él. Se puso de rodillas entre las piernas de Alan e hizo a un lado la camiseta. Recogió los cabellos que le estorbaban detrás de su oreja.

Verónica era la hija de unos amigos de su madre. A Alan siempre le había parecido atractiva. Desde pequeños. Sus ojeras, cabellera negra siempre despeinada y ojos adormilados le daban un estilo desaliñado que iba muy bien con su personalidad apática. Dejó de verla a los doce años porque se habían mudado a un fraccionamiento lejano. Pero esa última semana había estado viviendo en su casa. Su padre la había descubierto inhalando cocaína en el baño y ella, adoptando una actitud desafiante, admitió no sólo que la consumía con frecuencia, sino también que era lesbiana. Bochorno familiar. Habían decidido enviarla un mes con la madre de Alan, quien se había ganado una reputación por ser muy estricta con sus hijos. Había obligado al hermano mayor de Alan a ingresar a una academia militar en Nuevo México y a él le tenía prohibido salir con chicas. Verónica había desempacado el jueves pasado y ahora estaba en su cuarto, agitándole el prepucio con vigor en un movimiento circular hasta descubrir el glande, mientras succionaba sus testículos. Él la miraba y un par de espasmos lo obligaban a contraerse. Quería asegurarse de que recordaría el momento para futuras pajas. Ella deslizó los labios hasta su verga y palpó el perineo con los dedos. Verónica sonreía al chuparla, como las actrices porno. Esto a Alan lo enloquecía. Le tomó la cabeza con ambas manos y la empujó hacia él con violencia. Verónica no se quejó. Había olvidado lo divertido que era mamarla.

La madre de Alan se propuso convertir la casa en un claustro para Verónica. Seguiría la misma regla que él. No toleraba la promiscuidad y mucho menos a los homosexuales. Solía decir que no era natural y le repugnaba la idea de que alguien que viviera bajo su techo buscara placer en personas de su mismo sexo.

Alan se corrió adentro de su boca y ella tragó el semen. Verónica limpió la saliva de sus labios con la manga de la blusa que vestía. Se puso de pie y se quitó los pantalones de mezclilla. Se acostó en la cama y Alan gateó hacia ella, retiró las bragas y comenzó a lamer su muslo izquierdo hasta llegar a su coño. Verónica abrió las piernas y cerró los ojos. Gemía. Contuvo la respiración y terminó de desnudarse. Alan, como lo había escuchado en una conversación con sus amigos, dibujaba el abecedario con su lengua entre los labios vaginales. Levantó sus brazos y recorrió el abdomen sudado de Verónica hasta llegar a sus pechos, frotó sus pezones entre sus dedos índice y pulgar.

Ella sintió un cosquilleo en el vientre bajo, tensó las piernas y los dedos de los pies. Sujetó el edredón de la cama con fuerza. Alan se detuvo. Verónica iba a protestar pero le tapó la boca con su camiseta. Escucharon la cochera eléctrica cerrarse. Ella corrió desnuda por el pasillo con la ropa en la mano hacia su habitación. Él se vistió en un instante y fue a la sala a recibir a su madre. Le ayudó a bajar las compras del mercado. Su madre sonrió agradecida y Alan le devolvió la sonrisa. Estaba feliz por ver que la disciplina rendía frutos. Seguiría sintiéndose así, por lo menos el resto del mes.

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