Esto me afecta más de lo que debería suponerse:

el que tenga hormigas en el culo que no se siente a leer,

que lleve de excursión a sus hormigas.

Juan Villoro

Si no quieres leer esto, espera a que salga la película.

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No acostumbro andar por la calle diciendo que me gusta leer; pero cuando alguien, por alguna extraña razón, se entera, y esta persona no es lectora, lo que sucede se rige por el mismo patrón lógico. Sin duda, me pediría que le recomiende algún libro; cosa que hago sin esperanza. Normalmente no lo lee. También me diría que le preste uno porque es incapaz de comprarlo:«Los-libros-son-muy-caros».

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Iba con dos amigos, salíamos de CU. Era una tarde en la que no tenía nada que hacer: acompañaba a uno de ellos. Vi un puesto, de ésos que se ponen en la banqueta, donde venden libros como si fueran chicles o cigarros. Me le quedé viendo, sin detenerme, por si notaba algún título que me gustara. Uno de ellos se dio cuenta; dijo que quería empezar a leer pero que no sabía por qué libros empezar. Me pidió que le recomendara uno. Hice la interrogación de «qué tipo de historias te gustaría leer», «qué películas ves». Al final, le recomendé Carta de una desconocida.

El otro que iba con nosotros es del tipo de personas que no sabes cómo decirle que no te cae. De los que tienen cara de «golpéame, por favor». De inmediato se metió a la conversación: «Ah, sí. Es un libro en el que dos desconocidos se escriben cartas». Le dije que no. «Pero al final se conocen y se casan.» «No.» Siguió inventando partes del libro y mis respuestas fueron negativas. Después se justificó con «es que no lo leí todo, sólo como unas cien páginas». Ya no dije nada; era obvio que no lo había leído: el libro no tiene ni cien páginas.

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No leo porque no tengo tiempo.

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Estuve estudiando algunos semestres en una ingeniería, civil. Por lo regular, ahí son escasas las personas que tienen el hábito de la lectura; los maestros acostumbran ofender a los alumnos diciendo que son unos ignorantes, que no leen, que tienen pésima redacción y ortografía. Aunque ellos no lean ni tengan una escritura pulcra, pero esto es un secreto.

Una maestra nos preguntó que si nadie del salón era miembro del Mensa. Nos explicó que era algo así como una logia elitista donde estaban las personas más inteligentes del mundo. (Todos con cara de oh.) Que para poder entrar sólo teníamos que tener un coeficiente intelectual superior a los 120 puntos, aunque, en realidad, son 130. Nos dijo que todos ahí teníamos un CI de por lo menos 110. «Por eso, ustedes no tienen ningún impedimento para que se sepan el nombre de todos los elementos de la tabla periódica o la lista de quienes han recibido el Nobel.»Hasta ahí todo iba bien, perfecta mentirosa. Levanté la mano con carita de sabelotodo. «Dígame, ingeniero.» «Discúlpeme, maestra, pero usted no se sabe la lista de todos los Nobel, son como quinientos.» Empezó a titubear: «Bueno, me sé los que me interesan, los de Literatura y Química». Al final de la clase le dije: «Doctora, ¿conoce a Yasunari Kawabata?». Me contestó que no y le expliqué que fue el primer Nobel de Literatura del Japón.

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Las personas que leen, ciertamente, son más inteligentes. No sé ustedes, pero cuando me encuentro con alguien que lee mucho, me siento iluminado, humillado y asombrado. Ese tipo de personas resaltan de las demás; pareciera que cargan una aureola que los diferencia del resto de los mortales. De inmediato, resaltan palabras entre su habla que suenan musicales; su jerga cotidiana es grandísima, usan palabras como bursátil y, básicamente, plagan sus oraciones de adverbios que terminan en -mente y demás marcadores discursivos. Es un verdadero placer estar con ese tipo de personas. Todos deberíamos leer.

De verdad, el que inventó eso no tenía idea de lo que decía. Nos han hecho creer que las personas que leen son seres supremos, que dominan de todos los temas. No. Eso no es cierto. Lo hacemos porque nos gusta, no porque queramos ser más inteligentes. Tampoco significa que vamos andar por ahí hablando como si fuéramos catedráticos. También hacemos del baño y comemos. No somos dioses; bueno, a veces no lo somos.

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Yo leo porque quiero escapar del mundo, porque estoy cansado de la realidad; es mi forma de huir. Me aburren las personas y prefiero esos extraños seres de tinta. Cuando voy a una fiesta, estoy pensando en que quiero leer. Al abrir las páginas de una novela, olvido por completo el mundo, que todo es una mierda. No pienso en la Franja de Gaza ni que el doctor Mireles está en la cárcel o en las reformas estructurales implementadas por este gobierno; eso no me importa en lo más mínimo: amo los libros. Quisiera que los personajes fueran reales y poder andar por las calles con ellos, contarles mis penas.

Eso, queridos, es otra gran mentira: el otro extremo.

Hay quienes me han dicho «sólo no te olvides de la realidad; recuerda que tienes una vida». La literatura no sirve para olvidarse de la realidad (estamos hablando de buena literatura, claro está). El arte de la palabra, como todo arte, sirve para sensibilizarse ante lo real, para saberlo apreciar; para cobrar conciencia de dónde se está, de dónde se vive. Tampoco quiere decir que seamos seres retraídos. También salimos a la calle y festejamos los fines de semana.

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No me gusta leer; está de moda.

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Las personas que se hacen llamar adultos acostumbran pararse en su púlpito y criticar que la juventud de ahora ya no es como la de antes: «Los jóvenes de ahora ya no leen; se la pasan en la computadora y el celular». Pero, lo curioso, que varias de las veces que he oído este tipo de comentarios son hechos por personas que en su vida han leído un libro. «La música de ahora ya no es como la de antes.» «Las mujeres ya no son como las de antes.» Los hombres. La cerveza. El amor. Esto tiene un nombre, creo que es un síndrome; ahora no lo recuerdo y me da flojera preguntarle a Google.

Es verdad que se lee poco; que cada vez se lee menos. La literatura no se siente como el futbol o las canciones de Arjona. Cada vez hay más cosas en las que las personas se entretienen y terminan (terminamos) dejando la lectura en último plano. Sin obstar, esto no es exclusivo de la decadente juventud actual; conozco pocos adultos que acostumbren hojear un libro antes de dormir. Conozco más pubertos que lo hacen. Asimismo, que estemos en la computadora no significa que estemos haciendo algo improductivo. La literatura evoluciona; bueno, no: evoluciona la forma de leer. Gran cantidad del contenido literario que consumo es en Internet.

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Yo no leo los libros; sólo busco las reseñas en Google para poder opinar sobre ellos.

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Jesús González Mendoza

Jesús González Mendoza

Michoacán, 1994. Ni picha ni cacha ni deja batear. Escribidor y prostituto, gana poco pero es feliz. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Letras de la UMSNH. A los tres años mató un pollo. Escribe porque no sabe bailar ni tocar guitarra.

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