Por David Espino Lozada

Siempre me despierto al octavo cucú [1]. Esta mañana me levanté un poco antes, pero sé que está a punto de sonar el octavo cucú –o más bien, cucús. No me atrevo ni a voltear a ver alguno de los relojes, aunque ya sé qué hora es. Siempre me duermo a las diez de la noche, para que al despertar el octavo cucú suene a las seis de la mañana, pero anoche me quedé despierto hasta las doce y no por gusto propio, sino por lo que mi oficio manda. Haciendo mis cálculos, son alrededor de las ocho de la mañana. Martín puede llegar en cualquier momento, así que lo mejor será levantarme. Mientras me levanto, volteo a ver uno de los muchos relojes y sí, faltan segundos para las ocho de la mañana. ¿Cómo cubriré mis oídos? Hay días en los que no tolero el cucú, y hoy sé que es uno de esos.

—¡Cucú! —me avisa una oleada de cuclillos, que más bien parecen gritos— ¡Cucú, cucú! —gritan en coro.

Mis oídos lloran y desean que la masacre termine, pero los cuclillos cantan como si fuesen libres. Piensan que, en algún momento de sus vidas, recuperarán su libertad y saldrán volando como lo hacían antes de que Mario los capturara y yo los encerrara. De repente se callan y el mecanismo los fuerza a esconderse nuevamente dentro de sus relojes. Los cuclillos que están en una jaula todavía, porque no he podido armar sus relojes, intentan cantar, pero no lo hacen por el miedo. Silencio por fin, sólo suena el tictac de los relojes, un sonido al que ya estoy más que acostumbrado. Ahora sí, aunque sea tarde puedo iniciar mi mañana. Un café estará bien. Tictac, tictac, en la cocina se escucha hasta con eco. Mientras saco una taza —y entre ellas casualmente agarro una que contiene la ilustración de un pájaro volando de un árbol a otro— volteo a ver los relojes de allí. Uno está mal por tres segundos: más tarde lo arreglaré. Ahora pienso en prepararme un plato de avena en lo que llega Martín. Limpio la mesa un poco para hacer espacio y sólo entonces me encuentro frente a uno de mis relojes preferidos, probablemente el mejor que he hecho. Mi trabajo es duro, pero es perfección pura. Los relojeros sabrán la belleza del trabajo de la relojería y, en cambio, los carpinteros el de la carpintería. Este reloj en particular tiene forma de un gran árbol, tallado junto con algunos pájaros –entre ellos cuclillos– volando libremente. Qué ironía que el pájaro encerrado saliera por unos segundos, intentando asimilarse a sus compañeros libres de madera, mientras que un mecanismo lo regresará a su oscuridad por una hora. A veces, solo a veces, me sentía mal por estos pájaros, pero recordaba que además de ser un arte les hacía un favor: ¿qué mejor vida que vivir para marcarla?

Comí y me tomé un té, en este momento empiezo a lavar los trastos cuando los cucús suenan de nuevo. En tanto que mis oídos se aturden de entre ellos surge un canto hermoso, el del reloj de mi cuarto, pero después los demás pájaros cantan corruptamente. Están chillando y siento que lo hacen a propósito. El cucú duró más, yo lo sé. Lo puedo sentir, jamás dura tanto. No es porque yo me esté volviendo loco, en efecto, es más largo. Voltear a ver uno de los relojes lo revela.

—Duran más —me vuelvo a repetir por milésima vez.

Agarré una libreta y empecé a estudiar el comportamiento de los relojes, en este momento únicamente observo. Casi se me va una hora en esto, pero me encanta mirarlos. Me pierdo en la madera, o en el complejo mecanismo que hace el tictac. Los relojes son, sin duda, mi pasión. No puedo esperar a que, en cualquier momento de estos, llegue Martín. Faltan cinco minutos para las diez de la mañana, mis observaciones se tienen que volver más intensas. No me estoy perdiendo ni un segundo del tictac. Los cinco minutos se van a cuatro, de cuatro a tres y de tres a dos. Un minuto. Son pocos los segundos, estoy sudando. Por primera vez en mi vida le temo a los cuclillos. Un segundo. Recuerdo hacía muchos años atrás, cuando por primera vez me metí a este mundo de la relojería y amaba al cuclillo. El reloj de cuco siempre fue mi preferido. Recuerdo a mi abuelo, que también era relojero, cuando metía figurines de pájaros. Yo quise irme a un extremo más radical, quise incluir pájaros de verdad, como los que se ven volar en los árboles. El mecanismo era muy sencillo. Adentro el sonido está aislado, si el cuclillo cantara no se escucharía. También está pegado a la tabla que lo hace moverse. La comida está adentro, en una ubicación donde fácilmente el ave puede cogerla. Cada tres días les sirvo más, según mi cálculo. El pájaro canta al salir como grito de desesperación. Piensa que cantando lo liberaré. Tal vez ellos queden encerrados, pero a mí me liberan. Solo encerrando estas aves he podido crear relojes fabulosos que van más allá de la perspectiva humana. Adoro el canto del cuclillo, el cucú que es una revolución en mis oídos, pero no sé si tolere hoy éste. Empiezan a cantar.

—¡Cucú! —lloran, yo sé que me gritan que los libere—. ¡Cucú! ¡Cucú!

El canto ya no es hermoso, es insoportable. Los cuclillos imploran que los libere, pero no haré nada. Cada vez el cucú dura más y más. Mientras me hago para atrás, aturdido, un cuclillo me empieza a picar el brazo. Grito pero nadie más que ellos me escuchan. No me suelta por más que lo empuje, veo mi sangre en su pico, y con mi otro brazo le arranco la vida. Los demás parecen dispuestos a lanzarse, pero el mecanismo del reloj los empuja hacia dentro. Me tiro al suelo, lentamente, y mi sangre se embarra en la pared blanca. La herida no es muy grave, pero eso no significa que no duela. Sigo en el suelo y oigo a alguien tocar. Debe de ser Martín. Me levanto y voy hacia la puerta.

—¿Por qué llegas tan tarde? ¿Tienes idea de qué hora es? —le reclamo.

—Sí —contesta—. Las diez en punto —hay un silencio breve entre los dos y él voltea a ver mi herida—. ¿Qué diablos te pasó?

—Un cuclillo mi picó.

—¿Cómo?

—¿Traes un arma? —le pregunté.

—Una revólver, pero si quieres que cace la utilizaré.

—Nunca disparas —le digo.

—Solo para llamar la atención de los cuclillos —contesta.

—No cazarás hoy —afirmo—. ¿La pistola está cargada?

—Sí.

—¿Te quieres quedar un rato?

No contestó por unos momentos, pero me acaba de decir gracias. Cierro la puerta y entro nuevamente a mi edén de cucos. Un edén que próximamente se convertirá en un infierno. La batalla contra los cuclillos ha iniciado. Si bien, en este momento los pude haber matado a balazos fácilmente, yo quería que fuera un momento de cucú, donde todos salieran para ver cómo los asesino, el temor que me deben tener, recordar que no son libres, sino objetos míos. Una pieza más de un reloj. Tengo una hora para planearlo todo. Es la hora de planear. Primero tengo que hacer algo muy personal: renunciar a mi trabajo como relojero y carpintero. Para lograr mi plan de domador tendré que abdicar a lo que me gusta y apasiona, solo así podré cometer las atrocidades que haré para convencer a los pájaros. Me he perdido en una serie de pensamientos, sobre todo aquellos que mencionan mi superioridad en cuanto a estos animales. Cuclillos, cuclillos, toda la vida sólo han sido cuclillos. Se creen lo suficientemente poderosos como para atacarme, pero no lo son. Se los demostraré aunque me cueste todo mi trabajo. ¡Ningún ave se burlará de mí! A la que me cante en tono burlesco le arranco el pico; a la que vuele sobre mí le corto las alas. Tictac, tictac. La ansiedad me ataca. Si Martín estuviera aquí, ¡si Martín estuviera aquí! Es mi primo y el mejor en este trabajo. He matado, con mis manos, a solo un cuclillo en mi vida, y ese es el que acaba de expirar. Ahora tendré que matar una horda.

La hora se me fue. Reconozco los últimos tictacs. Falta menos de un minuto. La adrenalina corre por mí y en cuanto suena el primer cucú todos los cuclillos salen volando hacia mí. Empiezo a disparar las cinco balas que traía, pero la primera cae en un reloj, la segunda en la puerta, la tercera la pierdo, la cuarta le da a uno y la quinta la esquiva otro. No tengo más balas, no puedo contra esta horda. Como segundo pensamiento me vuelvo más optimista. Sí podré. Me dirijo hacia la cocina para agarrar aunque sea un cuchillo, pero me tropiezo con la jaula en donde estaban mis más recientes cucos. Todos se me acercan y me pican mientras chillan. Unos me sacan los ojos, otros me pican el vientre. Yo sólo me río: creen que eso me podrá matar. Las piernas ya no las siento y los genitales me los han destrozado, no necesito ver para saber que he perdido mi miembro. Mientras me echo a carcajadas más fuertes que sus cantos, unos se me meten a la boca y me destrozan las encías y los dientes. Me jalan la lengua y la lastiman. Yo puedo contra esta tortura porque soy superior a ellos. Unos le dan a mi cabeza, causándome un dolor insoportable, otros me acaban de abrir y ahora están dándole a órganos internos de mi tórax. Entre las costillas le dan a mi corazón. No moriré, eso yo lo sé. No moriré. Sé que la sangre les llena sus picos. Mi cuerpo ya no puede pero mi espíritu sigue. Lo único que sé es que no se han librado de mí, pues cuando vuelen de árbol a árbol o construyan sus nidos recordarán que nunca tendrán mejor hogar que el que yo les di, y ningún mejor alimento que mi sangre que los baña por completo.

DAVID ESPINO Y LOZADA, TIENE CATORCE AÑOS Y VIVE EN MÉXICO. APASIONADO A LAS LETRAS Y AL IDIOMA ESPAÑOL.
(Visited 458 times, 1 visits today)
La Marabunta

La Marabunta

Revista Marabunta es un espacio web para la publicación e intercambio de contenido literario y artístico. Somos una organización sin fines de lucro (por ahora) y autogestionamos nuestro trabajo para acercar al público una experiencia cultural diferente. Las opiniones vertidas en cada artículo y los comentarios que le retroalimentan son responsabilidad del autor o persona que los emite, así como el material visual (excepto las ilustraciones de uso libre y de arte universal). Aceptamos donativos en Patreon únicamente para mejorar el proyecto.

Otros textos - Website

Comentarios

comments